Restaurantes

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La Casa de las Lilas (Buenos Aires, Argentina)

Situado en Puerto Madero, la nueva zona de ocio de lujo en Buenos Aires, La Casa de las Lilas es probablemente uno de los mejores restaurantes del mundo en su especialidad, que naturalmente es la carne.

Es este un local agradable y espacioso, con ventanales al puerto cercano, donde se puede disfrutar de buenísimos platos y excelentes vinos de la tierra, con camareros tan numerosos como eficientes y un público que es un espectáculo en sí mismo.

Alrededor de sus mesas se agrupan políticos, empresarios, familias bienestantes, y toda clase de gente muy bendecida por el Dios Dinero en este país y en algunos otros. El viajero europeo en jeans y zapatillas deportivas, a quien en realidad lo único que le ha bendecido es el muy favorable cambio de sus euros a los pesos locales, come, observa y sonríe para sus adentros.

Amaya (Barcelona, España)

Parece ser que el restaurante Amaya lo fundó en los años cuarenta el que fuera cocinero personal de Indalecio Prieto, político socialista vasco de los años de la II República española, con una merecida fama de gourmet y bon vivant.

Situado en la parte baja de la Rambla, muy cerca del Puerto Viejo, Amaya es hoy un lugar de cita habitual de intelectuales, políticos, funcionarios, familias y turistas con buen paladar y algo de cartera.

En Amaya se come siempre bien, ya sea cocina vasca o cocina catalana. Los productos son siempre de mercado, es decir de temporada, y la elaboración mantiene inalterable un muy alto nivel de calidad. El personal de servicio es atento y entrañable, y a pocas veces que vuelvas por allí acabas estableciendo una relación familiar con ellos y con el local.

Mollard (París, Francia)

Situado casi enfrente de la estación de Saint Lazare, el Mollard es un restaurante con siglo y medio a sus espaldas. Su interior es un verdadero museo Art Nouveau. Paredes y techos se hallan deliciosamente decorados con pinturas al fresco y plafones de cerámica de vivos colores, que muestran con cierta ingenuidad la “joie de vivre” mundana decimonónica.

En Mollard se come espléndidamente, sobre todo cuanto tenga que ver con pescados y frutos del mar. La carta de vinos es obviamente francesa, y totalmente ajustada a las necesidades de la mesa.

Viendo desenvolverse al personal de esta casa, uno tiene la impresión de que serían capaces de servir con la misma amabilidad, discreción y eficiencia el banquete de aniversario de la reina de Inglaterra y la cena de un albergue de vagabundos.

I Latini (Florencia, Italia)

Los restaurantes de Florencia son, como su ciudad, como el alma toscana, serios y circunspectos. Sólo I Latini rompe con esa tradición etrusca y representa una isla romana de sencillez, alegría, gritos y risotadas en medio de la severa y lujosa austeridad florentina.

El restaurante lo llevan dos hermanos romanos que le han impreso un sello especial de simpatía y buenhacer. Sólo hay que pedirles comer “a la toscana” del aperitivo a los postres, para que te sumerjan de cabeza en una experiencia de gran calidad gastronómica y, a la vez, humana y socialmente gratificante.

En las mesas largas, como de convento, de I Latini se apiñan y comparten grandes jarras de vino de uso común ejecutivos, jovenzuelos, turistas, profesores, grupos de amigos de cualquier edad, y en general toda ave de paso con apetito que se siente atraída por el estrépito que sale del local.

La Divina Pastora (La Habana, Cuba)

Tal vez es éste uno de los restaurantes más bellamente ubicados del mundo: a sus pies se extiende la bahía de La Habana, limitada en sus costados por los castillos del Morro y La Cabaña. Cenar en su jardín viendo titilar las luces de la bahía le retorna mentalmente a uno a cierta Cuba de la primera mitad del siglo XX, una Cuba de dinero fácil, coches lujosos y mujeres más lujosas todavía.

Una noche a mediados de los noventa tuve el placer de cenar allí, tan solo que no había ocupada ninguna otra mesa. Fue como si todo lo hubieran dispuesto para mí, incluida la bahía y la tropa de camareros y personal auxiliar.

Por lo demás, y dentro del limitado repertorio gastronómico cubano, la carta de La Divina Pastora ofrece bastantes más posibilidades que el común de locales de restauración del país; y también un ron añejo como no hay otro en la isla.

Matyas Pince (Budapest, Hungría)

Si viniendo de Buda se cruza el Danubio por el Puente Elisabeth, apenas entras en Pest, a mano derecha, te encuentras con Matyas Pince, un restaurante que resume en su carta y en su espíritu cuanto de bueno hay en la gastronomía húngara, que es mucho y variado.

El local es un subterráneo con aspecto de vieja bodega reutilizada, decorado en un estilo que es un cruce entre taberna y palacio medievales, aunque realizado con bastante mayor gusto y acierto histórico que la mayoría de los restaurantes españoles “historicistas”.

Desde el primer momento uno se siente a sus anchas ahí, en parte gracias a la simpatía natural y el buen humor de los húngaros, y en parte gracias también al exquisito licor de hierbas que sirven como aperitivo y luego con el café.

Entre las muchas delicias que integran una cena húngara, en Matyas Pince sirven gulash, una inolvidable sopa que nada tiene que ver con el plato de carne picante que en España e Italia han bautizado con ese nombre. Los vinos húngaros son excelentes, al nivel de los mejores españoles o franceses.

Formentera (isla de Eivissa/Ibiza, España)

Situado en los muelles de la capital de la isla, justo frente a la zona de atraque de los ferrys y de la “barca de Formentera” (como llaman allá al transbordador que va del puerto ibicenco a la menor de las islas Pitiuses), el restaurante Formentera es, visto desde fuera, un local blanco, soleado y más bien pequeño.

Comer un mediodía de verano en el interior, gozando del frescor y la serenidad que proporciona la penumbra encalada de sus salas, es como arribar a un oasis de luz y sonidos amortiguados. El local lo atiende gente amable y de trato sencillo, lo que termina de redondear la comodidad del comensal.

La cocina es marinera obviamente, y pescados y mariscos son todos ricos y recomendables. Pero lo mejor de la casa son sus arroces, supremos en cualquiera de sus versiones y siempre acompañados con productos frescos del mar; un vino blanco catalán bien frío es el contrapunto ideal.

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