Pocas cosas hay más solitarias que una estación
de tren al aire libre dormida. Hace poco que ha amanecido y en la
estación de Praga no hay nadie. La ciudad duerme y yo esto
aquí, al relente de la mañana, escrutando los andenes
vacíos. Ni un alma. Me siento y espero.
Pienso en los ex policías
de Ceaucescu que intentaban hacerse pasar por policías checos,
y a los que mandé al infierno a gritos el día de mi
llegada a Praga. Si asomaran la oreja por aquí, podrían
intentar resarcirse de mis insultos; aunque seguramente aún
deben andar ensordecidos: ¡se quedaron petrificados al oírme
bramar!. Les faltó muy poco para cuadrarse y saludar militarmente,
tan acostumbrados debían estar en tiempos pasados a que les
gritaran sus mandos.
Al cabo de unos minutos aparece un
policía checo de uniforme, y luego un soldado. Estos no son
de pega, se nota a distancia. Poco a poco van llegando al andén
algunas personas. Hace fresco, pero se está a gusto.
Hasta Budapest hay toda una mañana
de viaje. No tengo prisa, y espero disfrutar el trayecto.
Cuando llega el convoy subo rápido.
Busco mi compartimento, instalo el equipaje y aguardo con alguna
expectación a saber quiénes serán mis compañeros
de viaje. Suben pocas personas, y solo un tipo de mediana edad y
aspecto checo corriente entra en mi cabina y se sienta frente a
mí; ni siquiera me dedica una mirada de curiosidad, y rápidamente
se sumerge en sus pensamientos.
El tren está limpio y bien
cuidado. Tiene, eso sí, un aspecto general antiguo, y probablemente
este convoy lleva décadas en funcionamiento. Pienso en la
película checa «Trenes rigurosamente vigilados»;
probablemente sea de esa época. Compartimentos con portezuelas
corredizas, asientos como sofás corridos contra la pared,
y –detalle moderno- reposacabezas de altura graduable.
Un cierto predominio del gris en
la textura del paisaje se desvanece en cuanto ganamos el campo.
Llanuras y pequeñas ondulaciones se presentan cubiertas por
un alegre manto verde y salpicadas de casitas bien cuidadas; es
inevitable recordar los dioramas de los trenes eléctricos
inspirados en el mundo rural alemán. Realmente, el paisaje
del campo checo es inequívocamente centroeuropeo, nada que
ver con las estepas peladas o cubiertas de cereales propias del
mundo eslavo. Aunque culturalmente la República Checa sea
un país con un pie en lo germánico y otro en lo eslavo,
el ámbito rural checo resulta un espacio netamente occidental.
No es difícil pues imaginar dentro de esas bellas casas a
pequeños propietarios campesinos satisfechos de su vida,
bebiendo cerveza a la salud de la «economía de mercado»,
la misma que está hundiendo a sus colegas polacos y que mantiene
en la miseria al campesinado ruso.
Un folleto que he encontrado en la
bandeja de madera que hay bajo la ventanilla, informa de las paradas
y los horarios en que deben efectuarse. La puntualidad es exacta,
calculada al minuto. Van subiendo algunas personas. En mi departamento
entra un treintañero que se sienta a mi lado y se adormila
hasta que una muchacha guapísima se sienta frente a él.
La chica es morena, delgada, de pelo lacio y largo, y viste conjuntada
en negro: minifalda que deja ver unas piernas importantes, y una
especie de cazadora corta de imitación de cuero. En una ojeada
rápida nos analiza a los tres varones.
Al cabo de un rato se quita la cazadora
y nos muestra una especie de top con tirantes y un escote de modelo.
Uno, que tiene algunas nociones de comunicación no verbal,
capta enseguida que la moza me está enviando señales:
miradas rápidas, las piernas levemente entreabiertas desplazadas
hacia mi posición, algunos gestos más casi imperceptibles...
Como no intento ninguna aproximación, la chica se cubre usando
la cazadora como si fuera una manta y se pone a dormir. Los eslavos
son gente práctica.
Mi primer acompañante se baja
antes de llegar a la frontera con Eslovaquia. Los checos no controlan
nada, pero los eslovacos detienen el tren y examinan los pasaportes
como en las viejas películas de espías. El trámite
se alarga unos minutos que se hacen eternos. Cuando por fin el tren
se pone en marcha de nuevo, tengo la sensación de haber asistido
a la representación de una mala comedia policial.
A poco de pasar la frontera, se apea
la muchacha. La gente va y viene, pero el compartimento nunca se
llena. Rodamos en silencio, roto solo de vez en cuando por voces
en inglés que llegan del pasillo: un grupo de jóvenes,
probablemente norteamericanos, que subieron en Praga y van también
a Budapest.
A medida que nos adentramos en territorio
eslovaco, entiendo cada vez menos tantas precauciones. ¿Quién
querría colarse en un país así? No creo que
en Eslovaquia tengan un problema de inmigración ilegal, más
bien al contrario: deben ser muchos los eslovacos deseando largarse
de allí. Campos pobres y pueblos pobres, otra vez un paisaje
gris y carente de luz. Un paisaje de koljós soviético,
para entendernos. Los regímenes políticos se pueden
entender con sólo ver el paisaje rural de los países
que gobiernan.
En la frontera con Hungría,
otra tropa de policías eslovacos vuelven a pedir los pasaportes.
De nuevo la burocracia lenta y absurda, almohadillas entintadas
y sello de goma incluídos. Menos mal que no nos hacen levantar
del asiento. El control húngaro abrevia esta comedia, y entrar
en Hungría representa un alivio. Carecía de prejuicios
hacia Eslovaquia, pero ahora tengo un buen puñado de ellos,
y además justificados.
En Hungría vuelven la campiña
verde y cuidada, aunque se percibe que el nivel general del país
está por debajo del checo. Pero esta es una tierra alegre,
poblada por gentes de carácter casi mediterráneo,
gentes simpáticas y bulliciosas, y eso se nota en los últimos
viajeros que van subiendo al tren: caras rubicundas y aire chispeante,
aunque tan silenciosos como los demás. De hecho, en toda
la mañana nadie ha murmurado siquiera un «buenos días»
en su lengua ni en cualquier otra.
El tren discurre por la planicie
húngara sin torcer un grado ni trepar un metro; la tierra
de los magiares es llana como un plato. Budapest se acerca y con
ella el Danubio, y casi puedo imaginar música bohemia y danzas
locas en amplios jardines bañados por el sol, cerca del río.
Como en la República
Checa, tampoco en Hungría hay ya «trenes rigurosamente
vigilados». Dios les bendiga por ello.