Los trenes rusos son una leyenda en el mundo del
ferrocarril, y también en la literatura y la cinematografía
contemporáneas. Generaciones de escritores y guionistas,
singularmente los norteamericanos, han situado en ellos toda clase
de historias de espionaje, intriga y misterio, aunque hasta 1989
muy pocos entre ellos tuvieron ocasión de viajar a bordo
de los ferrocarriles soviéticos, y por tanto esas historias
deben más a la imaginación que al conocimiento real.
Una noche de finales de agosto subo
a uno de los trenes nocturnos que hacen el trayecto entre Moscú
y San Petersburgo. Son casi las once, pero el movimiento en los
andenes no se detiene; extranjeros y rusos nos apresuramos hacia
alguno de los muchos convoyes que esperan para partir. Algunos policías
aburridos vigilan con escaso entusiasmo; de creer al guía,
los rateros que operan aquí son aún más numerosos
que los turistas
Me toca compartir cabina con una
familia española. En el compartimento de al lado hay algunos
rusos de aspecto poco tranquilizador. Supuestamente las mayoristas
de viajes reservan billetes en coches-cama exclusivos para turistas,
pero al parecer no es el caso. Así que habrá que andar
ojo avizor. Partimos.
Más de la mitad del vagón
está ocupado por españoles y latinoamericanos. Hay
gente joven y gente madura, pequeños grupos y familias. En
los pasillos se charla, se fuma, y se bebe. Pronto aparecen cosas
de comer, y se monta la fiesta; no tarda en sonar una guitarra,
y risas y palmas la acompañan inmediatamente. Los rusos que
circulan por los pasillos ponen cara de póker ante el espectáculo.
En contraste con la juerga a bordo,
la noche más allá de las ventanillas resulta espesa
y huraña. El cielo semeja tinta negra, y apenas se ven luces
aisladas. Al alejarse de Moscú, el poco paisaje que se desliza
junto a los costados del convoy se ruraliza, y una sensación
de soledad y aislamiento va venciendo otras consideraciones. Debe
ser poco más de medianoche.
La gente del vagón empieza
a desfilar rumbo a las literas, y las conversaciones van disminuyendo
y volviéndose más reposadas. Charlo con un odontólogo
mexicano con quien hice amistad durante la visita a la Plaza Roja.
Instalados en una de las plataformas de nuestro vagón damos
cuenta mano a mano de una botella de vodka, y bajo su inspiración
debatimos apasionadamente acerca del imperialismo norteamericano
y del papel de nuestros respectivos países en el mundo, ante
la mirada perpleja y a ratos socarrona de la hija quinceañera
del mexicano. Cuando mi amigo comienza a alabar a Porfirio Díaz,
decido que es hora de irse a dormir.
Deben ser como las dos de la madrugada
cuando me tumbo en la litera e intento conciliar el sueño,
no sin antes haber cerrado la puerta por dentro, tal como nos recomendó
el guía antes de partir. Algunos ronquidos y la incomodidad
de la litera me impiden descansar debidamente, y durante las siguientes
horas transito por un duermevela agitado.
Cuando despierto hace poco que ha
amanecido. El cielo aún no ha aclarado por completo; feo
y grisáceo, cubre como una sábana sucia el paisaje
campesino, pobre y tristón. Casuchas aisladas, verdaderas
chozas de madera, de tamaño liliputiense en muchos casos,
se ven desperdigadas por entre campos ralos. La mañana desplega
ante nuestros ojos un mundo rural que parece sacado de una pintura
anterior a la Revolución Industrial.
La gente mira en silencio por las
ventanillas. Toses matutinas de fumadores. En alguna parte del convoy
debe estar el vigilante con su samovar, ofreciendo té o café.
Por todo desayuno, mastico unas galletas que me ofrecen.
Pasamos ante lo que parece una central
nuclear o térmica, absurdamente próxima a la vía.
La malla metálica que teóricamente aísla el
recinto está rota en muchos puntos, y aquí y allá
se ven señales de que ha sido forzada. Dan ganas de santiguarse.
Sucesivamente se van revelando las
señales de que nos aproximamos a una gran ciudad. Primero
se multiplica y enmaraña el número de vías
y postes en derredor nuestro, luego se va espesando la densidad
de casas y otros edificios y el paisaje se torna suburbial. Al final,
aparece San Petersburgo.
La estación de San Petersburgo
es limpia y grande, quizá más moderna que la de Moscú
pero sin el halo legendario de ésta. Bajo los altos techos
resuenan ecos de voces, amortiguados por la modorra de la noche
maldormida. Afuera la mañana es clara, el sol luce con fuerza,
y hay un autocar esperándonos. Nos vamos para el hotel.