Existen dos almas menorquinas distintas y opuestas,
como dos polos que desde los extremos de la misma isla irradian
cada uno su personalidad enfrentada a la otra.
En la punta occidental, se asienta la ciudad dormida,
la de los curas, los caballeros y los menestrales del terruño:
Ciutadella. En el extremo oriental, la ciudad dinámica, la
de los comerciantes, los rebeldes y la gente venida de todas partes:
Maó.
Ying y Yang. La ciudad levítica y la pequeña
Babilonia.
Entre una y otra, a lo largo de la carretera que
construyeron los ingleses, algunos pueblos a los que, por suerte,
el turismo no acaba de desfigurar.
El antagonismo entre las dos ciudades viene de muy
lejos y pervive incluso en cosas nimias. Y es de las pocas cosas
vivas genuinamente menorquinas, realmente autóctonas a pesar
de la historia, ya que en Menorca la historia ha estado determinada
siempre por intereses externos y por gente venida de fuera.
Es así que lo foráneo es parte de la
identidad menorquina y se confunde en ella. Siglo tras siglo, sucesivos
ocupantes han ido dejando aquí alguna cosa de ellos mismos:
unos una cierta manera de cocinar el pescado, otros la lengua y
algunos ritos ancestrales, otros más el gusto por la ginebra
y las carreras de coches de caballos, y alguno más unas fortificaciones
ya inútiles....
Los menorquines llevan dos mil quinientos años
viendo pasar hordas de extranjeros que se asientan en el territorio
como señores, hasta que otro grupo de recién llegados
les expulsa de él. Cierto que antes los forasteros competían
a sablazos y a tiros por dominar un puerto o un castillo en tanto
ahora sólo compiten por un espacio en la playa donde poner
la toalla, pero bien mirado la esencia del conflicto sigue siendo
la misma. El menorquín les deja hacer y sigue a lo suyo,
que las más de las veces consiste en ordeñar sabiamente
la bolsa de los invasores.
En invierno la gente, incluidos los naturales de
la isla, huyen de Menorca. Gran error. Como en otras islas próximas,
el invierno es la mejor época para disfrutarla, una vez las
hordas foráneas se han replegado a invernar en sus bases
de partida, donde aguardarán la llegada de un nuevo verano
y el reinicio del ciclo invasor.
Aunque sea sólo una vez en la vida, me gustaría
pasar un invierno en Menorca, en alguna propiedad cerca de Maó,
bebiendo gin de gusto herboso y leyendo novelas sobre la Marina
británica, mientras fuera aúlla la tramontana y se
anuncia una tempestad. Quizá incluso chupe una vieja pipa
de madera de brezo, aunque hace años que dejé de fumar.
La cosa es invernar en Menorca, esconderse
allá un invierno entero. Poder revivir de alguna manera aquellos
tiempos en que Es Castell era Georgetown, Maó era Port Maó,
y por la calle Hannover subían y bajaban empelucados casacas
rojas, mientras marineros que habían cubierto todas las rutas
de los Siete Mares pasaban amodorrados los lentos meses de frío
y lluvia, varados en las tabernas de este rincón mediterráneo.
“Me God, Minorca”..., qué lejos queda de Bristol
y de Jamaica...