La Fleche d’Or (París, Francia)
En la estrecha y empinada calle Amsterdam, cerca
de la plaza de Saint Lazare, existen varios viejos hoteles que en
tiempos atendían el denso tráfico humano necesitado
de cobijo que se generaba alrededor de la cercana estación
de ferrocarril.
La Fleche d’Or es uno de estos hoteles, reconvertidos
desde hace unos años hacia el turismo aprovechando su espléndida
ubicación, cercana a La Madeleine y a la Opera, y no muy
distante por tanto de Les Tulleries y del Sena. El barrio es popular
y encantador, y el hotel limpio y antañón.
Salles (Buenos Aires, Argentina)
Situado a dos pasos del Obelisco, en un lateral de
la avenida 9 de Julio, el Salles es un hotel pequeño, agradable
y simpático, atendido por gente encantadora y cortés
como sólo los argentinos saben serlo cuando quieren.
Si es noche cerrada y uno se pone a contemplar desde
la ventana de su habitación el Amazonas de asfalto que son
la 9 de Julio y sus dieciséis carriles, es casi seguro que
acabe sonando adentro de su cerebro alguno de los tangos lánguidos
y evanescentes de Astor Piazzola, piezas instrumentales tan maravillosas
y urbanas como las piernas de la gobernanta del hotel.
Sofitel (El Cairo, Egipto)
El hotel Sofitel está justo al lado del legendario
Mena, encarado a las Pirámides de Gizeh, en las afueras de
El Cairo.
Desde su piscina se ven los volúmenes de los
monumentales enterramientos faraónicos recortándose
contra el cielo azul intenso, como si fueran un mural que la dirección
hubiera hecho pintar para ambientar a los turistas; de noche, el
efecto nocturno de los juegos de luces visto desde aquí resulta
grandioso.
En el Sofitel todo es moderno, funcional, cómodo,
un tanto minimalista y muy afrancesado en el trato y los detalles.
Es decir, se trata de un hotel al gusto europeo, tan distante de
la concepción árabe como de la norteamericana.
Lope de Vega (Madrid, España)
Tener como vecino un templo de la cultura universal
cual es el Museo del Prado, debió influir de alguna manera
en quien tuvo la original idea de dedicar un hotel entero a refrescar
la memoria acerca de uno de los más grandes escritores en
lengua castellana.
Cada detalle del Lope de Vega, desde el nombre de
las habitaciones hasta las reproducciones que cuelgan en los pasillos,
tiene que ver con el famoso escritor madrileño o con el siglo
XVII español en general. Combinar ese uso temático
con las exigencias de un hotel moderno, ha sido un reto bien resuelto
por la dirección.
Tranquilo y amigable, el Lope de Vega es un hotel
de referencia en Madrid para quien busca algo diferente a los hoteles-rascacielos
estandarizados al uso: una alternativa real al plástico de
colorines en el mobiliario y en las sonrisas.
Teranga (Sally, Senegal)
Los bungalows del Teranga tienen dos plantas, que
se ocupan por separado. Para hacer que la superior se convierta
en la mansarda o ático soñado en el que quedarse a
vivir para siempre, bastaría con construir una cocina en
la mitad del espacio destinado a baño. El resto es simplemente
perfecto.
Lo mejor de este hotel, con todo, es su personal
subalterno. Es imposible no simpatizar y acabar bromeando con los
camareros del bar de la piscina, con las muchachitas que controlan
cada dos o tres horas el minibar de la habitación, o con
el jardinero que espontáneamente se ofrece a acompañar
hasta su bungalow al huésped desorientado entre docenas de
edificios exteriormente todos iguales; por contra, el personal de
recepción resulta tan estirado como ineficaz.
La “teranga” (hospitalidad) de los senegaleses,
de la que procede el nombre del hotel, es tan calurosa como la lluvia
que repica enderedor de uno, en tanto contemplas como un empleado
del hotel avanza hacia ti a buen paso ofreciéndote desde
lejos compartir su paraguas, mientras con una sonrisa de oreja a
oreja te pregunta : “¿Ça va, monsieur?”.
Djaykhun (Urgench, Uzbekistan)
La ciudad de Urgench es quizá una de las más tristes,
polvorientas y desoladas del mundo. El Djaykhun resultó ser
ciertamente un hotel a la altura de un marco así; a mediados
de los años noventa su estado de abandono era tal, que solo
con darle un vistazo uno dudaba inmediatamente de que siguiera en
funcionamiento.
Los planos de este mastodonte de época soviética
seguramente fueron copiados de algún dibujo de Piranesi.
Por lo demás, su vestíbulo inmenso, sus descomunales
pasillos y sus cientos de habitaciones vacías, las paredes
pintadas de un blanco sepulcral y el mobiliario ajado y desencuadernado,
invitaban a cualquier cosa menos al descanso.
Tal vez por eso, dormir una sola noche en él
ha sido una de las aventuras más emocionantes de mi vida.
New Otani Chang Fu Gong (Pekín, China)
Próximo al barrio de las embajadas y al famoso
mercadillo callejero de ropa de marca falsificada, el New Otani
es un hotel de lujo absolutamente funcional y cómodo a pesar
de su fastuosidad oriental.
El secreto reside en que aunque todo, desde el personal
de servicio a la decoración de las habitaciones, es íntegramente
chino, la propiedad y la dirección son japonesas. De esta
combinación un tanto extraña resulta en este caso
un mix de eficiencia general bastante suiza y buen gusto casi francés,
lo cual no es poco en un hotel asiático.
A pesar de que su tamaño no anda lejos de
los hoteles soviéticos, éste por contra está
lleno de detalles delicados. En mi primera mañana en él,
solo conectar el hilo musical brotaron los acordes de la Suite de
la Ruta de la Seda; por unos minutos pude sentir, como Marco Polo,
que por fin había llegado a la meta.
Pasear por su jardín interior a primera
hora del día o durante el crepúsculo es una actividad
imprescindible si uno se aloja aquí.