Habitación de hotel, de Edward Hopper
Hoteles

La Fleche d’Or (París, Francia)

En la estrecha y empinada calle Amsterdam, cerca de la plaza de Saint Lazare, existen varios viejos hoteles que en tiempos atendían el denso tráfico humano necesitado de cobijo que se generaba alrededor de la cercana estación de ferrocarril.

La Fleche d’Or es uno de estos hoteles, reconvertidos desde hace unos años hacia el turismo aprovechando su espléndida ubicación, cercana a La Madeleine y a la Opera, y no muy distante por tanto de Les Tulleries y del Sena. El barrio es popular y encantador, y el hotel limpio y antañón.


Salles (Buenos Aires, Argentina)

Situado a dos pasos del Obelisco, en un lateral de la avenida 9 de Julio, el Salles es un hotel pequeño, agradable y simpático, atendido por gente encantadora y cortés como sólo los argentinos saben serlo cuando quieren.

Si es noche cerrada y uno se pone a contemplar desde la ventana de su habitación el Amazonas de asfalto que son la 9 de Julio y sus dieciséis carriles, es casi seguro que acabe sonando adentro de su cerebro alguno de los tangos lánguidos y evanescentes de Astor Piazzola, piezas instrumentales tan maravillosas y urbanas como las piernas de la gobernanta del hotel.


Sofitel (El Cairo, Egipto)

El hotel Sofitel está justo al lado del legendario Mena, encarado a las Pirámides de Gizeh, en las afueras de El Cairo.

Desde su piscina se ven los volúmenes de los monumentales enterramientos faraónicos recortándose contra el cielo azul intenso, como si fueran un mural que la dirección hubiera hecho pintar para ambientar a los turistas; de noche, el efecto nocturno de los juegos de luces visto desde aquí resulta grandioso.

En el Sofitel todo es moderno, funcional, cómodo, un tanto minimalista y muy afrancesado en el trato y los detalles. Es decir, se trata de un hotel al gusto europeo, tan distante de la concepción árabe como de la norteamericana.


Lope de Vega (Madrid, España)

Tener como vecino un templo de la cultura universal cual es el Museo del Prado, debió influir de alguna manera en quien tuvo la original idea de dedicar un hotel entero a refrescar la memoria acerca de uno de los más grandes escritores en lengua castellana.

Cada detalle del Lope de Vega, desde el nombre de las habitaciones hasta las reproducciones que cuelgan en los pasillos, tiene que ver con el famoso escritor madrileño o con el siglo XVII español en general. Combinar ese uso temático con las exigencias de un hotel moderno, ha sido un reto bien resuelto por la dirección.

Tranquilo y amigable, el Lope de Vega es un hotel de referencia en Madrid para quien busca algo diferente a los hoteles-rascacielos estandarizados al uso: una alternativa real al plástico de colorines en el mobiliario y en las sonrisas.


Teranga (Sally, Senegal)

Los bungalows del Teranga tienen dos plantas, que se ocupan por separado. Para hacer que la superior se convierta en la mansarda o ático soñado en el que quedarse a vivir para siempre, bastaría con construir una cocina en la mitad del espacio destinado a baño. El resto es simplemente perfecto.

Lo mejor de este hotel, con todo, es su personal subalterno. Es imposible no simpatizar y acabar bromeando con los camareros del bar de la piscina, con las muchachitas que controlan cada dos o tres horas el minibar de la habitación, o con el jardinero que espontáneamente se ofrece a acompañar hasta su bungalow al huésped desorientado entre docenas de edificios exteriormente todos iguales; por contra, el personal de recepción resulta tan estirado como ineficaz.

La “teranga” (hospitalidad) de los senegaleses, de la que procede el nombre del hotel, es tan calurosa como la lluvia que repica enderedor de uno, en tanto contemplas como un empleado del hotel avanza hacia ti a buen paso ofreciéndote desde lejos compartir su paraguas, mientras con una sonrisa de oreja a oreja te pregunta : “¿Ça va, monsieur?”.


Djaykhun (Urgench, Uzbekistan)

La ciudad de Urgench es quizá una de las más tristes, polvorientas y desoladas del mundo. El Djaykhun resultó ser ciertamente un hotel a la altura de un marco así; a mediados de los años noventa su estado de abandono era tal, que solo con darle un vistazo uno dudaba inmediatamente de que siguiera en funcionamiento.

Los planos de este mastodonte de época soviética seguramente fueron copiados de algún dibujo de Piranesi. Por lo demás, su vestíbulo inmenso, sus descomunales pasillos y sus cientos de habitaciones vacías, las paredes pintadas de un blanco sepulcral y el mobiliario ajado y desencuadernado, invitaban a cualquier cosa menos al descanso.

Tal vez por eso, dormir una sola noche en él ha sido una de las aventuras más emocionantes de mi vida.


New Otani Chang Fu Gong (Pekín, China)

Próximo al barrio de las embajadas y al famoso mercadillo callejero de ropa de marca falsificada, el New Otani es un hotel de lujo absolutamente funcional y cómodo a pesar de su fastuosidad oriental.

El secreto reside en que aunque todo, desde el personal de servicio a la decoración de las habitaciones, es íntegramente chino, la propiedad y la dirección son japonesas. De esta combinación un tanto extraña resulta en este caso un mix de eficiencia general bastante suiza y buen gusto casi francés, lo cual no es poco en un hotel asiático.

A pesar de que su tamaño no anda lejos de los hoteles soviéticos, éste por contra está lleno de detalles delicados. En mi primera mañana en él, solo conectar el hilo musical brotaron los acordes de la Suite de la Ruta de la Seda; por unos minutos pude sentir, como Marco Polo, que por fin había llegado a la meta.

Pasear por su jardín interior a primera hora del día o durante el crepúsculo es una actividad imprescindible si uno se aloja aquí.


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