Considerada
globalmente, Tel Aviv semeja un cruce entre cualquier población
de la costa mediterránea española y ciertos barrios
de países del antiguo bloque comunista.
En Tel Aviv hay un núcleo
antiguo construido a primeros del siglo XX –la ciudad del
sueño igualitario, socialista-, integrado por casas blancas
y bajas con jardincillos polvorientos y cierto aire de abandono.
Las calles arden en el silencio de un ferragosto verdaderamente
meridional.
Algunas calles más modernas
tienen cierto aire soviético, y por todos lados se ve mucho
cemento y poca pintura. Hay edificios, singularmente los grandes
almacenes y supermercados, cuya arquitectura y disposición
recuerdan sus correspondientes de Moscú o cualquier otra
capital similar.
Y sin embargo los teléfonos
públicos funcionan con tarjeta y todo el mundo habla por
telefóno móvil -especialmente las mujeres-, algo casi
desconocido en la España de ése año. Tel Aviv
es una ciudad “europea”, poblada exclusivamente por
judíos. Se nota en las calles, pero se nota sobre todo en
el interior de los establecimientos públicos.
En este agosto recalentado, la Colina
de la Primavera -eso es lo que significa Tel Aviv-, es una ciudad
perezosa y tranquila a pesar de los turistas que la invaden. De
la mañana a la tarde todo el mundo está en la playa,
ocupando la larga cinta de arena abierta al Mediterráneo
y ceñida por un Paseo Marítimo sorprendentemente parecido
al de Barcelona. Israelíes y extranjeros se tuestan al sol
sin mayores precauciones aparentes de seguridad. Las fachadas de
hoteles pertenecientes a las principales cadenas norteamericanas
se abren hacia el mar, mientras en los chiringuitos .a pie de playa
los altavoces difunden la misma música de moda que suena
este verano en mi ciudad, a miles de kilómetros de aquí.
Por todas partes hay bellísimas
muchachas de piel oscurecida por el sol, descendientes sin duda
de aquellas que cantara Salomón. Caminan por la playa con
movimientos lentos y algo balanceados; comprendo de golpe la exactitud
de la imagen poética “camina como una gacela”.
Sonríen con distancia al extranjero y lo miden con la mirada
de igual a igual. Se las ve resueltas y seguras de sí mismas.
La noche no ofrece mucha originalidad.
En el Paseo Marítimo una drogadicta, muy joven pero ya destrozada
físicamente, ofrece sus servicios casi a gritos, desesperada
por conseguir con qué pagarse una dosis. Más adelante
me meto por curiosidad en una especie de bar musical que resulta
ser un club nocturno con chicas filipinas aguardando clientes, vigiladas
de cerca por unos cuantos gángsters de aspecto muy duro.
Mientras me bebo una cerveza contemplo la decoración del
local, que entre otros elementos incluye una especie de hucha para
recoger donativos con destino a los “veteranos del Líbano”;
no puedo evitar recordar ciertos bares del País Vasco donde
también se recogen donativos más o menos espontáneos
para otros “veteranos”.
Como descubriré más
tarde, a los judíos israelíes les encanta conversar,
aunque en Tel Aviv sólo consigo charlar con judíos
llegados de la Diáspora: un marsellés que regenta
un pequeño restaurante popular y que muere de nostalgia por
su Francia aunque lleva décadas en Israel, y una joven argentina
que residió en España y está determinada a
irse a Barcelona en cuanto reúna un poco de dinero y encuentre
el modo de dejar a su novio “sabra” (como se llama a
los nacidos en Israel).