Visitamos Safed,
un pintoresco pueblo en parte habitado por judíos ultrarreligiosos.
Entramos en una pequeña sinagoga sefardita, casi un zaguán
de gruesos muros blancos, cuya arquitectura recuerda la de muchas
casas de campo españolas de media montaña. Al salir
del pueblo vemos a algunos jóvenes recogiendo basuras en
un terraplén junto a las casas; el guía nos explica
que son voluntarios judíos norteamericanos que limpian el
pueblo, pues los ultrarreligiosos residentes en él no hacen
ningún trabajo, ni siquiera el de deshacerse de un modo racional
de la basura que producen; se limitan a lanzarla fuera de sus casas.
Seguimos ruta hacia el lago Tiberíades,
también llamado –con evidente exageración- Mar
de Galilea. Paramos brevemente en la loma en la cual Jesús
ben Joseph pronunció su famoso Sermón de la Montaña.
La ligera brisa y la ausencia de ruidos aumentan la sensación
de paz que reina en el lugar. Abajo de la elevación hay una
fea iglesia que la Italia mussoliniana edificó en estilo
indefinidamente medievalizante, pero incluso ese adefesio parece
menos penoso integrado en este entorno sereno y relajante. A. me
pide que lea en voz alta las Bienaventuranzas; acepto, y me esfuerzo
por imprimir seriedad a mi lectura y transmitir emoción a
los que me escuchan. De hecho, será la única vez en
todo este viaje en que note cierta pulsión espiritual íntima.
Llegamos a Cafarnaum, la población
de la que según los Evangelios procedían Pedro y sus
compañeros pescadores. Visitamos la sinagoga, en la que supuestamente
predicó Jesús, y los restos de los cimientos de una
casa de pescadores del siglo I d.C., a la que un tanto alegremente
se ha querido identificar con la casa donde vivió Pedro.
Con el sol en lo más alto, cruzamos el lago Tiberíades
en barco, una travesía corta y agradable. Desembarcamos en
Tiberíades, un pueblo pintoresco con un bello y pequeño
puerto. La comida en un restaurante típicamente mediterráneo
–paredes encaladas, flores, un patio a cielo abierto-, nos
permite probar la especialidad local: el pez de San Pedro, sabroso
aunque lleno de pequeñas espinas.
A la caída de la tarde llegamos
al kibbutz Ayelet. Nos reciben como en una escena de “Ëxodo”:
un coro de uniformados pioneros cantan a coro una bella canción
de bienvenida, y nos entregan postales con imágenes de flores
y bellas panorámicas del entorno. Todo muy dulce y amistoso,
pero quizá un poquito rutinario.
Nos alojamos en bungalows de estilo
levemente colonial, sencillos pero bien acondicionados. Por la noche
una mujer de mediana edad y origen argentino nos da una breve charla,
muy convencional, sobre el kibbutz y lo que representa el movimiento
kibbutzim en la economía y la sociedad israelíes.
Cuando termina, nadie pregunta nada. Si la conferenciante se decepcionó
ante nuestra falta de interés, lo disimula perfectamente.
Ya por la mañana, resulta
mucho más interesante recorrer las instalaciones agrícolas
del kibbutz. Todo está mecanizado y perfectamente regulado,
limpio y en orden. Ante nosotros y en apenas unos minutos, un solo
muchacho, casi un niño, maneja unos mecanismos y distribuye
sin ningún esfuerzo la comida entre las vacas que llenan
una gran nave.
Desde Ayelet subimos a los
altos del Golán. Rebasamos las antiguas posiciones de los
sirios, desde donde antes de 1967 su artillería disparaba
a placer contra los campos que rodean el kibbutz; acertarle a un
tractor desde aquí debía ser casi un juego de niños.
Ahora, los viejos búnkers, quemados y comidos por la vegetación,
están abandonados desde hace décadas, y algunos restos
de chatarra militar salpican las cunetas; abajo, en Ayelet, la gente
del kibbutz va y viene tranquilamente a sus faenas en los campos.