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De Sakkara a Gizeh

Cuando se visita la llanura de Sakkara bajo el sol de agosto, se entiende a la perfección porqué los antiguos egipcios iniciaron aquí su culto al Más Allá. La desolación física del entorno y la conciencia de la pequeñez humana que le domina a uno en estas soledades, se funden en una sensación de vacío que remonta al inicio de los tiempos. Pocas veces la nada es algo tan físico como en Sakkara. El viajero se siente irremediablemente atrapado por estos espacios donde reinan el silencio y el olvido.

Las mastabas, primeros enterramientos monumentales egipcios conocidos, se van deshaciendo en la tierra seca y polvorienta, tomando sus tonos ocres y marrones, incorporadas con toda naturalidad al paisaje. De los simples pozos funerarios hasta las tumbas más elaboradas, las mastabas representan el primer signo del ansia de perdurabilidad más allá de la muerte sobre la que una civilización entera basó su existencia. El principal legado de Sakkara, con todo, es la pirámide escalonada, la primera en su género, en realidad una sucesión de mastabas puestas una encima de otra en forma cónica, genial paso intermedio hacia la pirámide clásica. Sus piedras corroídas por el viento del desierto y el paso de los milenios, siguen apuntando un camino de subida a un hipotético Cielo lejos de toda razón.

Más allá de Sakkara está Memfis o, en realidad, lo poquísimo que queda de la que fue una de las gloriosas capitales del Imperio Egipcio. Hoy Memfis es apenas un patio grande cercado donde se exhiben al aire libre algunas piezas de pequeño y mediano tamaño recuperadas en excavaciones: estatuas de faraones, esfinges, y poco más. En un edificio anejo, sin embargo, se exhibe una colosal estatua de Ramsés II hecha en alabastro, tumbada boca arriba y sin terminar, tal como la dejaron quienes la estaban cincelando. Majestad, dominio, fuerza.... son los valores que transmite con contundencia una obra que fue creada para dar sensación de poder, y que sin embargo nunca llegó a ser contemplada por sus destinatarios. La calidad artística del monumental retrato es impresionante.

Llegamos a la planicie de Gizeh a las tres de la tarde. A pesar del calor, alrededor de las pirámides siguen hormigueando el turisteo y sus fieles acompañantes: vendedores de souvenirs, camellos engalanados, chóferes y taxistas aburridos por la espera....A unos pocos cientos de metros de aquí bulle la vida de los suburbios de El Cairo, de donde llega amortiguado el guirigay habitual de sonidos que produce la metrópoli cairota.

La pequeña multitud trepa las primeras filas de bloques de piedra de la Gran Pirámide, la de Keops, ansiosa por fotografiarse sobre cuatro mil años de historia. Sólo los más valientes e inmunes a la claustrofobia se deslizan por la estrecha abertura que permite el paso al interior.

Quizá lo mejor de Gizah sea la Esfinge. Anclada en la arena como un barco varado en el tiempo, sus ojos ciegos escrutan el horizonte infinito bajo un cielo intensamente azul. Vista de cerca parece más inmensa aún de lo que realmente es, y lo es mucho. Uno se estremece al pensar que cuando Alejandro Magno se detuvo a contemplarla, había pasado ya tanto tiempo desde que fue construida como el que ha pasado desde la época en que vivió Alejandro hasta nuestros días. Si eso no es la eternidad, se le parece mucho.

Al día siguiente regresamos por la noche para contemplar el espectáculo de luz y sonido en las Pirámides. Juegos de láser y megafonía a todo volumen trazan una historia de misterio y grandeza, en la que pretende hundir sus raíces la realidad mucho más prosaica del Egipto contemporáneo. A la salida, una mujer española se nos presenta como reencarnación de Isis y nos endilga un discurso delirante y a la vez extrañamente sereno; al parecer, el llamado síndrome de Tierra Santa tiene una variante egipcia. Algunas chicas le hacen corro, y pronto siguen embobadas los desvaríos de la presunta reencarnada, que por lo demás parece poseer sólidos conocimientos en mitología egipcia.


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