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Nilo arriba

Durante cuatro días ascenderemos río arriba, desde Luxor hasta Assuán. Los barcos de crucero, de madera y enmoquetados como pequeños hoteles flotantes, con un cierto aire a los que en el siglo XIX surcaban el Mississipí, navegan de noche y atracan de día, de modo que en las horas de menos calor de la mañana podamos realizar las visitas previstas a las zonas arqueológicas que lindan con el río.

De noche pasamos unas esclusas. Mientras una fila de cruceros aguarda su turno, el barco es izado un escalón hasta alcanzar el nivel superior del río, en una maniobra ejecutada con rapidez y limpieza y bien curiosa de ver.

A medida que ascendemos por el río la vegetación se espesa. Parece mentira que apenas unos pocos kilómetros más allá de las orillas, a lado y lado del río, solo haya arena y piedras. El Nilo es realmente “El padre de Egipto”, tal como le llamaban los antiguos, y fertiliza y da vida a un país que sino fuera por él no existiría.

Un breve paseo en faluca, la embarcación de vela triangular que usan los ribereños, nos acerca un poco más al río, que visto desde esta mayor proximidad a su superficie adquiere una dimensión mayor y más amenazante que la siempre tranquila observada desde el crucero.

La vida en los poblados ribereños parece apacible y anclada en el tiempo. El río discurre plácidamente mientras los egipcios se afanan en sus campos o en la pesca, del mismo modo y casi con los mismos medios conque lo hacían en los tiempos de los faraones. Y sin embargo, no es raro encontrar en los muelles de las aldeas pequeños Cafés Internet en los que grupos de muchachos, curiosos, se conectan con el mundo.

En una de las paradas visitamos la casa de un notable local. En realidad la vivienda no parece diferir mucho en cuanto a materiales de construcción, estructura general y disposición de los espacios interiores de las que existieron en el Egipto faraónico. La austeridad es extrema, la vivienda se halla desnuda de toda decoración y casi de mobiliario. De repente, en una habitación completamente vacía, en su centro exacto, sobre el suelo de tierra apisonada, veo una videoconsola, probablemente dejada allí por alguno de los niños de la casa. Pasado y casi futuro se dan la mano en ese momento ante mí, y no puedo evitar un cierto estremecimiento.

A bordo de los barcos hay pequeñas tradiciones establecidas que al parecer forman parte del canon del turisteo en el país. Una de ellas es la fiesta de chilabas, acompañada de concursos y otras monerías, que tanto irritaba a Terenci Moix según cuenta en su “Viaje sentimental a Egipto”. En general, el turista español se amolda con demasiada facilidad a unos patrones de entretenimiento que, francamente, provocan cierto sonrojo. Y desgraciadamente, en lo que concierne a la “animación” para grupos españoles, Egipto no es una excepción. Y eso es así no por culpa de los egipcios, en general profesionales bien preparados y de muy bien nivel cultural, sino de un cierto turista-tipo español, con objetivos culturales más bien limitados y con más ganas de juerga fácil que de adquirir experiencias de alguna calidad.

La relación con la gente del barco, por otra parte, no sólo es agradable sino incluso francamente amistosa. Los egipcios son gente a los que la sonrisa y el trato de camaradería no cuestan ningún esfuerzo, y los prodigan sin ser atosigantes. Una noche atracamos junto a unos huertos, y al cabo de un rato nos enteramos de que la tripulación reta al pasaje a un partido de fútbol en una explanada situada entre los huertos y las ruinas de un templo. Debe ser casi medianoche cuando bajo la luz de las estrellas y algún foco más se organiza un encuentro futbolístico con sus correspondientes gritos, risas y aplausos; un partido un tanto surrealista por el marco en el que se desarrolla pero que, sentado entre el público, acabo encontrando dotado de una extraña belleza.

Después de Karnak, los templos que vemos ahora parecen pequeños y de poca importancia. Sin embargo, todos tienen detalles memorables. Bajorrelieves nítidamente grabados en paredes y columnas explican, como si fueran historietas de línea clara dibujadas siempre bajo el mismo patrón gráfico, la vida de las clases dominantes y del pueblo llano en el Antiguo Egipto, dejando así para la eternidad un registro muy preciso de actividades, costumbres y ceremonias.

Entre los templos que encontramos a medida que navegamos río arriba destaca Edfu. También Kom Ombo, que visitaremos cuando regresemos Nilo abajo.

La primera parte del crucero finaliza en Assuán, una ciudad que no ofrece mayores encantos en sí misma. Casas bajas y ningún edificio verdaderamente importante. Entre los puestos de venta de baratijas se pueden encontrar aquí piezas de artesanía de cierta calidad, y también se vende oro a buen precio. En general, los precios aquí son mucho más baratos que en El Cairo y Luxor.

Lo más interesante de Assuán es la visita a las canteras, en las que hace miles de años se tallaban los obeliscos que hemos ido viendo repartidos por todo el país. Podemos contemplar aquí alguno que quedó en tierra a medio tallar, e imaginar sin dificultad la dureza del trabajo. Los obeliscos, una vez tallados, eran transportados hasta el río cercano, donde eran embarcados en grandes almadías y llevados río abajo.

La visita a la presa de Assuán no deja demasiada huella. El guía recita los lugares comunes acerca de la construcción de la presa y de la figura de Nasser, y con cierto candor insiste en la versión oficial egipcia de que Egipto derrotó a Israel en la guerra de 1973 (cuando todo el mundo sabe que al finalizar los combates el Ejército israelí había cruzado el canal de Suez, embolsando a los egipcios en el Sinaí, y tenía a la vista los arrabales de El Cairo). El viajero no puede menos que recordar también las críticas mundiales contra esta obra gigantesca, cuyo funcionamiento ha alterado sustancialmente el papel fertilizador que el río ha tenido durante milenios en la agricultura egipcia, modificando espectacularmente los caudales y ritmos de las esperadas inundaciones anuales del Nilo, todo en beneficio de una industrialización forzada al estilo soviético, que finalmente resultó un fracaso total. Una obra faraónica, en el peor sentido de la expresión.

Cerca de Assuán hay algunos poblados nubios. La visita no ofrece mayor interés que el contacto con una etnia puramente africana, no árabe aunque si ya muy arabizada. Reducidos al papel de atracción turística, los nubios de hoy distan mucho de aquellos que hace más de tres mil años llegaron a dominar todo Egipto durante el período conocido como el de los Faraones Negros. Sus descendientes en el Egipto moderno son apenas unos pocos miles, y viven de la pesca y del turismo. Su cultura originaria está prácticamente desaparecida.

Por la noche asistimos al espectáculo de luz y sonido en el templo de la isla de Filae, sin comparación posible con el disfrutado en las Pirámides de Gizeh. El templo de Filae, con todo, tiene su encanto cuando en plena noche y aún iluminado, se le rodea en barca al alejarse rumbo al crucero.


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