El reencuentro con el Nilo en Luxor es para el viajero
el reencuentro con el Egipto real, una vez fuera de esa especie
de parque temático hotelero con toques kistch que es Hurgada.
Aunque este Nilo no sea exactamente el mismo río ancho y
tranquilo que se contempla en El Cairo, pues aquél es un
río ya en sus postrimerías en tanto el Nilo en Luxor
es un río cien por cien africano, una vía hacia el
Egipto milenario y, más allá, hacia los misterios
que sigue encerrando el interior de África.
Luxor, la vieja Tebas, es la ciudad del templo de
Karnak, en realidad un monumental complejo de templos y otros edificios
cuyo papel en su época de esplendor debió ser similar,
en relación con la religión egipcia, al que cumplen
el Vaticano católico o La Meca musulmana respecto a las suyas:
un lugar santo sobre todos los otros lugares santos. En realidad,
un gigantesco centro económico y comercial, estructurado
y organizado de manera jerárquica y precisa, donde nada quedaba
al azar y todo era rigurosamente programado y anotado. Karnak representaba
el núcleo duro del poder económico y religioso en
Egipto, en oposición al faraón, que encarnaba el poder
político.
Los bosques de columnas de los templos de Karnak,
sobrevivientes al paso de los milenios, ya impresionaron a los viajeros
de la Antigüedad Clásica. El tiempo ha mellado estos
monumentos, pero no ha conseguido arrebatarlos por completo; siguen
conservando buena parte de su fascinante potencia. Al atardecer,
un paseo por la orilla silenciosa del Estanque Sagrado devuelve
el espíritu a una plenitud antigua y calmosa.
La visita a la espléndida iluminación
nocturna de Karkak completa una experiencia que conecta al viajero
directamente con el Antiguo Egipto, y le prepara para lo que irá
conociendo en los días siguientes.
Madrugamos para ir al Valle de los Reyes, cerca de
Luxor, a fin de visitarlo antes de que el calor y los turistas lo
conviertan en un hervidero. Cuando llegamos, sin embargo, ya están
esperándonos los tenderetes de souvenirs, y por todas partes
se ven los uniformes blancos y negros de la Policía Turística.
Visitamos algunas de las tumbas excavadas en la roca
que son accesibles al público. En general se desciende a
ellas por rampas angostas que suelen terminar en una o varias cámaras
subterráneas, en algunas de las cuales pueden apreciarse
frescos de gran calidad y bien conservados, con pinturas polícromas
que ilustran sobre la vida cotidiana y las creencias en el Egipto
faraónico. La atmósfera cerrada invita a que la visita
sea rápida, aunque hay lugares en los que vale la pena demorarse
un poco más oyendo las explicaciones de los guías.
Afuera espera el aire ardiente y la imposibilidad de sombra hasta
entrar en la siguiente tumba.
Algunos se apresuran hacia la tumba de Tutankhamon,
a pesar de las advertencias del guía en el sentido de que
el único tesoro que contiene es el muy caro precio de su
entrada, superior a las restantes tumbas: todos los tesoros de Tutankhamon
están en El Cairo. Al salir del Valle veremos la casa que
Howard Carter, el descubridor de la tumba del joven faraón,
se construyó junto a la entrada de esta especie de Puerta
de Acceso al Más Allá para Faraones que es el desfiladero
al que se ha dado en llamar Valle de los Reyes..
Visitamos luego el Valle de las Reinas. El viajero
no puede evitar un cierto estremecimiento al recorrer la avenida
polvorienta, flanqueada por decenas de tenderetes de souvenirs,
que lleva desde desde el aparcamiento de autocares hasta el templo
de Hatshepsut, un magnífico edificio excavado en la roca
en el fondo del valle. Fue en este lugar precisamente donde en noviembre
de 1998, terroristas islamistas asesinaron a 58 turistas extranjeros
y a cuatro egipcios. El comando ejecutor, integrado por seis terroristas,
huyó al desierto tras la matanza. Según la versión
oficial, los seis fueron abatidos horas después por el Ejército,
aunque según el guía que acompaña la visita
fueron los mismos vendedores de recuerdos quienes les persiguieron
y dieron muerte. Si uno se fija un poco, en las columnas del pórtico
del templo pueden verse impactos de balas disparadas durante la
masacre.
En el interior del pórtico se aprecian pinturas
que conservan su policromía. Pero lo más notable aquí,
por encima incluso de la construcción arquitectónica
de proporciones armónicamente colosales, es la impresionante
vista sobre el desierto que se tiene desde la cima de las gradas
de acceso al templo. La extensión infinita, aplastada por
el azul sin mácula de un cielo uniforme e inacabable, se
despliega ante los ojos del viajero como un lienzo tenso pintado
en ocres y marrones. La profundidad del desierto se revela aquí
con toda su contundencia.
De camino de vuelta a Luxor
pasamos ante los Colosos de Memnon, dos figuras gemelas en posición
sentada mandadas construir por Amenhotep III. Cada Coloso mide más
de 16 metros de altura. A pesar de estar corroídos por la
arena y sacudidos por terremotos, su porte no ha dejado de impresionar
a todos los viajeros que se han acercado hasta ellos desde que los
contemplaron los primeros “turistas” en época
helénica. Enfrentados al desierto, los Colosos gemelos parecen
esperar calmosamente el final de los tiempos.