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El Cairo

Apenas desembacar y pasados los trámites aduaneros, el personal de las diferentes agencias (organizadores, guías, chóferes), nos va agrupando, dividiendo, volviendo a agrupar y por fin dirigiendo hacia los autocares estacionados en el aparcamiento, en la primera de una serie de lentas y pintorescas ceremonias de la confusión que tendrán lugar a lo largo de todos los días que dure mi estancia en Egipto.

Al salir de la terminal, la madrugada, húmeda y sofocante, me recibe con un abrazo caliente al que es imposible sustraerse. A pesar de lo intempestivo de la hora, decenas de personas de todas las edades se agolpan en la salida del edificio de la terminal aérea, curioseando con interés a los recién llegados.

Cruzamos El Cairo en autocar a toda velocidad, sobrecogidos por la manera absolutamente suicida conque los cairotas conducen por las calles de su ciudad; aquí y allá se ven coches de policía y ambulancias detenidos alrededor de accidentes de tráfico recientes. El hotel está en la avenida de Gizeh, a tiro de piedra de las Pirámides por antonomasia. Unas horas de reposo en la habitación, y a la calle.

Los atractivos de una urbe como la cairota, una metrópoli típicamente árabe salpicada con algunos toques europeos, son muchos y variados. Contemplarla desde la altura de la Ciudadela de Saladino, cubierta por el smog y desparramada hasta donde la vista no percibiría ni siquiera en un día claro, le facilita al recién llegado una idea de las proporciones del reto al que se enfrenta si quiere conocerla aunque sólo sea por encima.

No lejos de la Ciudadela está la Ciudad de los Muertos, el inmenso cementerio en el que vivos y muertos son vecinos de alojamiento, a veces pared con pared, pues familias enteras de desplazados residen aquí, ocupando tumbas y mausoleos vacíos. Una imagen de un surrealismo tal, que no la habría concebido ni Buñuel.

Luego, el mercado de El Jalili -hormigueante de vida y repleto de vendedores, compradores, mirones y ociosos-, confirmará esa idea de que el cairota es capaz de relacionarse con quien sea sin perder la sonrisa y esa simpatía natural propia de los egipcios, un pueblo amable y tolerante y dotado además de un envidiable sentido del humor.
Los cafés populares, centro tradicional del ocio masculino cairota, acogen un público variopinto en el que alrededor de los narguile se apiñan nativos y turistas. Los chicos del barrio, sobre los que escribiera Naguid Mahfuz hace muchos años, han crecido y son abuelos, pero siguen frecuentando el Café de los Espejos y fumando en sus pipas de agua tabaco con gusto a menta y manzana. Durante un rato, el guía y un vendedor de baratijas sordomudo, muertos de risa, hablan por signos mirando al espejo, es decir, viendo los signos al revés: inteligencia, destreza y humor egipcios.

Nadie debería irse de El Cairo sin visitar antes el Museo Arqueológico Nacional. Para evitar las aglomeraciones nuestro guía nos lleva al mediodía, lo cual nos permite contemplar las principales salas sin más apresuramiento que el que el estómago les dicta a algunos miembros del grupo, más pendientes de la hora en que comeremos que de las antigüedades egipcias. Las salas dedicadas al tesoro de la tumba de Tutankhamon sobrecogen por la riqueza artística que contienen. Y sin embargo, la tumba del Faraón-niño está considerada como de segunda categoría, dada la poca importancia histórica del personaje. ¿Qué maravillas debieron contener las tumbas de faraones mucho más poderosos e importantes, como Ramsés II o Akenatón?.


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