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Abul Simbel

Para volar a Abu Simbel, salimos del barco de madrugada rumbo al aeropuerto de Assuan. Se trata de poder visitar el templo a primera hora de la mañana, antes de que el calor se haga insoportable. Quien más quien menos aprovecha el vuelo para dormir.

Llegados a Abu Simbel, la salida del aeropuerto resulta ser un caos que supera cualquier expectativa al respecto. Mientras los guías conferencian entre ellos una vez más, en el diminuto edificio de la terminal nos vamos aglomerando centenares de turistas adormilados a la espera de no se sabe bien qué. Por fin, los guías nos indican que salgamos fuera para ir subiendo a unos autocares que aún no han llegado.

Afuera hay policías con el dedo en el gatillo y mirando inquietos hacia todas partes. Cuando casi todos hemos salido del edificio, un oficial de la policía llega corriendo y abronca a grito pelado a los guías mientras señala hacia las colinas cercanas; no hace falta saber árabe para entender que les recrimina que nos hayan sacado del edificio, exponiéndonos a cualquier agresión procedente de las ondulaciones que dominan el acceso a la terminal. En consecuencia nos vuelven a meter dentro del edificio, otra vez apretujados como sardinas, y a medida que llegan los autocares y aparcan junto a la puerta nos van haciendo salir en grupos y subir rápido. El trayecto por una carretera polvorienta nos deja finalmente cerca del lago Nasser; unos minutos más caminando, y estamos ante Abu Simbel.

En realidad, Abu Simbel son dos templos. La primera impresión que produce el templo mayor, el que inmediatamente acapara todas las miradas, es de grandiosidad e integración en el paisaje. La sequedad ardiente del entorno pelado y el color rojizo de la piedra y la tierra, hallan perfecta continuidad en el enorme frontal que se desplega ante la mirada perpleja del viajero; el templo más que excavado en una montaña, parece formar parte de ella. Cuatro colosales figuras de Ramsés II, sentadas y con las espaldas apoyadas en la fachada, miran por encima del cercano lago artificial hacia un desierto cuya profundidad sólo ellas parecen conocer. Estamos a muy pocos kilómetros de la frontera con Sudán, y según cuenta el guía, el templo se levantó precisamente para que los invasores nubios que intentaban infiltrarse en el país se estremecieran al toparse con él. Realmente la sensación de poder y majestuosidad que transmite debía cortar el aliento a los nómadas de antaño tanto como al turista de hoy.


Por dentro, el templo evoca el recuerdo de los interiores de algunas grandes y oscuras catedrales a las que se hubiera despojado de todo mobiliario. La semipenumbra impide calcular adecuadamente las proporciones del lugar, y hace también que no se repare en algunos detalles interesantes en la decoración de paredes y capillas; pero la idea de conjunto que uno acaba formándose es de una grandiosidad deslumbrante.

Afuera el sol comienza a reverberar con fuerza. El segundo templo, el más pequeño, dedicado a la esposa preferida de Ramsés II, parece destinado a hacer destacar por contraposición al mayor, el que se dedicó a su propia gloria quien quizá fuera el faraón más poderoso de las historia de Egipto. Y sin embargo, el hecho de dedicar un templo a una mujer y situarlo al lado del propio es, para la época en que se levantó, un gesto inusitado de reconocimiento a una mujer concreta por parte de quien las tuvo a docenas.


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