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Hurgada

Hurgada es una faja de costa árida enfrentada al Sinaí, unas decenas de kilómetros de playas colonizadas por hoteles de lujo cercados con alambre y protegidos por guardias armados. En Hurgada no hay mucho más que hacer aparte de tomar el sol, practicar submarinismo y dar paseos en jeep por los alrededores. Como ocurre en tantos otros centros turísticos semejantes, a las pocas horas de estar aquí uno se siente ya como un jubilado norteamericano, uno de esos que abandonan el brumoso Nueva York decididos a expirar en una soleada playa de Florida, y una vez allí se limitan a ver discurrir sus últimos días tumbados en una hamaca, bebiendo jugos tropicales y mirando pasar rubias de metro ochenta de altura. Huir de tanta placidez es pues un deber inexcusable.

La visita al desierto cercano no depara grandes sorpresas. Los jeeps compiten en dar tumbos corriendo como locos para diversión del turisteo que llevan a bordo, que lógicamente grita de placer y exige más y más. Los conductores saben que la propina estará en consonancia, así que hacer el animal se ha convertido para ellos en una fuente de ingresos. Al final del trayecto, un poblado beduino sin mayor interés; después de recibir dos o tres grupos diarios de turistas, los beduinos ya parecen y se comportan más como figurantes de una obra que se repone incesantemente que como verdaderos pastores nómadas.

La puesta de sol sí merece la pena. Tras un ocaso lento, en el que el horizonte ha ido incendiándose progresivamente en rojos y naranjas, el sol se desploma de repente ocultándose tras unas montañas lejanas, como un globo que bajara tras el telón de un escenario. Los cielos de Africa se tiñen de negro, y millones de estrellas brillan de modo tan nítido que parecen recortadas en papel de plata, al modo de las que se colocan en los belenes navideños.

De Hurgada a Luxor hay un largo trayecto por carretera. Madrugamos. Una vez fuera del perímetro de hoteles, se forma un convoy de autocares escoltado por vehículos militares, mientras soldados armados situados sobre las colinas que bordean ambos lados de la carretera vigilan en dirección al desierto; así que la cosa va en serio, pienso. Me duermo enseguida y no despierto hasta estar cerca de Luxor.


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