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Península Valdés

Desde el aeropuerto de Trelew una combi me lleva a Puerto Madryn siguiendo una carretera que es una pura línea recta, como dibujada a cartabón, apenas un delgado trazo en la desolada inmensidad del páramo patagónico. La mañana es fría y gris, y el paisaje, ocre, plano y sin rastro de vida. Una niebla espesa como un puré nos envuelve.

En Puerto Madryn me alojo en un hotel blanco y helado, atendido por personal de aspecto aindiado. Como tantas otras pequeñas y medianas poblaciones del país, Puerto Madryn se organiza sobre una larga calle principal, que en su caso tiene la peculiaridad de correr paralela al mar y al paseo marítimo que lo bordea. No hay mucho que ver aquí, aunque encuentro un excelente restaurante especializado en pescados y mariscos, productos del mar que, a pesar de la extraordinaria calidad que tienen las variedades locales, no son nada apreciados en un país de compulsivos consumidores de carne.

Al día siguiente me uno a un grupo que sale en dirección a Península Valdés. La excursión tiene por objeto observar ballenas, aunque el guía prefiere curarse en salud y advertirnos de que dada la época del año es muy difícil que tengamos esa suerte. El chófer de la combi sin embargo, asegura con toda convicción que vamos a encontrarlas.

De camino vemos maras, una especie de gamos parientes de las llamas andinas. Plantadas en el páramo, nos observan fijamente hasta que nos perdemos en la distancia. Algún otro animal huye tan rápidamente al paso de la furgoneta que no nos da tiempo a identificarlo.

Al abandonar la carretera principal, la nueva carretera que seguimos penetra en una hacienda, y en una ocasión el chófer ha de ejecutar un curioso rito: para la combi y baja para abrir, empujándolo, un portalón hecho de troncos cruzados; luego regresa al vehículo, y después de atravesar la puerta, vuelve a descender y cierra el portalón detrás de nosotros. Hasta donde llega la vista, no hay más valla ni otro signo que delimite la propiedad que el portalón atravesado sobre la carretera.

Embarcamos en Puerto Pirámide, apenas una aldea de gente de mar que vive de las barcas que salen a los avistamientos. Una docena de personas montamos en una especie de cáscara de nuez de bordas altas, y nos hacemos a la mar. En pocos minutos estamos fuera de la rada. A nuestra derecha queda una pingüinera que en esta época del año está ocupada tan sólo por aves marinas. Cuando el piloto detiene la barca, delante nuestro se extiende todo el Atlántico. Sobre nuestras cabezas, el día es limpio y azul.

No han pasado un par de minutos cuando el lomo gris-azulado de una ballena franca emerge del agua y comienza a girar en torno a nuestra barca, que permanece inmóvil aunque agitada por el oleaje. Luego la ballena pasa varias veces por debajo, como si estuviera inspeccionando la embarcación. Satisfecha la curiosidad del explorador, no tardan en aparecer otras dos ballenas. En total, son dos machos y una hembra, a los que, según el piloto, hemos encontrado en pleno cortejo. Durante una hora, los tres jugarán incansables en torno a lo que no deja de ser un bote grande, apenas una peonza para animales que miden entre 15 y 20 metros cada uno, y cuyas colas de hasta cinco metros podrían enviarnos al fondo de un solo golpe si se lo propusieran.

El tiempo pasa volando, y cuando el motor de la barca vuelve a ronronear, el sol ya está alto. Las tres ballenas se alejan. Mientras navegamos de regreso a Puerto Pirámide, una cuarta ballena viene a todo vapor hacia nosotros, nos da alcance y durante unos minutos se sitúa a nuestra derecha, escoltándonos a cierta distancia. Luego, a modo de despedida, el cetáceo saca fuera la poderosa cola y tras agitarla un instante, se sumerge en las profundidades.

Más tarde visitamos la lobería de Caleta Valdés, una pequeña franja de arena aislada en el fondo de un acantilado, cuya pared hay que descender como buenamente se puede por un senderillo. En la caleta dormita una manada de lobos marinos, cuya timidez y aparente desinterés hacia nosotros nos permite acercarnos en silencio y con movimientos calculadamente lentos hasta pocos metros de ellos.

Todos son ejemplares jóvenes, que no acompañaron a los adultos en su marcha hacia el sur durante la estación cálida, y aguardan ahora aquí el regreso de sus progenitores, que se producirá en cuanto el frío austral les empuje de nuevo hacia el norte. A pesar de su somnolencia y desgana, los lobos marinos se van inquietando, y cuando comprueban que persistimos en la observación comienzan a arrastrarse uno tras otro hacia el mar, donde se zambullen y desaparecen rápidamente.


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