A mitad del vuelo entre El Calafate y Ushuaia nos
anuncian que dadas las condiciones climatológicas, tal vez
tengamos que regresar sin poder tomar tierra en destino. Ya ayer
se suspendió el vuelo, y hoy la niebla es tan espesa de nuevo
que anula toda visibilidad. Sin embargo, el piloto decidirá
finalmente aterrizar confiándolo todo al instrumental, quedando
así el “factor humano” relegado a mero observador
de la maniobra.
Para el viajero procedente de climas más cálidos,
lo que desde el primer momento llama su atención en Tierra
del Fuego es, más que la nieve y la niebla casi continuas,
la luz que baña este territorio, esa luz especial, única;
una luz pastosa y amarillenta cuando hay niebla, pero intensa y
capaz de prestar un halo límpido y concreto al mundo cuando
la vence, atrapando entonces al observador en una atmósfera
purísima, “plein air”, transparente como cristal
tallado recién lavado.
En esa atmósfera mágica los sonidos
viajan y regresan de la lejanía como en una ensoñación,
y el ojo percibe distorsionadas las distancias. El paisaje, como
de invierno glaciar anterior a la existencia de la Humanidad, se
resuelve en blanco deslumbrante sobre la tierra firme, en grises
oscuros recubriendo el mar, los lagos y el cielo, y en algunos manchones
verdes foscos allá donde agrupaciones de árboles escalan
laderas de montañas o montan guardia junto a los lagos. Este
mundo fantástico, auténtico mundo perdido, se desplega
para el viajero como el premio muchas veces soñado y por
fin alcanzado. Apenas tengo unas horas para pasarlas aquí,
y he de aprovecharlas a fondo.
El recorrido en 4X4 por el Parque Nacional Tierra
del Fuego es impresionante. Son apenas unos pocos kilómetros
los que está permitido internarse en él, pero bastan
para vivir la experiencia de enfrentarse a unas soledades tan dramáticamente
ajenas a la voluntad y la intervención humanas, que sobrecogen
y euforizan al tiempo. La belleza de los paisajes y el esplendor
de una Naturaleza no alterada desde el principio de los tiempos,
atrapa al viajero. Por la pista forestal cubierta de espesa nieve
helada trotan zorros rojos que se acercan a nosotros con la tranquilidad
de quien, también viajero, sabe que puede confiar en los
humanos que encuentre por aquí.
Luego, desde la ladera de una montaña, apartando
la espesura de ramas de árboles nevados, observo el Canal
del Beagle, la estrecha vía de agua evocadora de viejas lecturas
tan queridas, el escenario de grandes aventuras a bordo de los veleros
que navegaron los pasos del Atlántico al Pacífico
entre tormentas, motines y naufragios, mientras los indios fueginos
encendían sus hogueras en las elevaciones cerca del mar,
quién sabe si para guiar los barcos o para estrellarlos contra
las rocas.
Más tarde, paseo solo durante un rato por
las orillas del lago Roca. El frío pica en las mejillas,
y el aire, de gran pureza en oxígeno, casi quema la garganta.
Me siento feliz, vivo y muy despierto. La superficie del lago, quieta
y como pintada de gris metalizado, se encajona entre montañas
cónicas, semejantes a cucuruchos de helado de nata. Un cielo
de plomo como una lámina compacta cierra el mundo por arriba,
y aquí abajo uno mira en torno suyo y se ve pequeño
y solo, tan poca cosa. Cruzo un bosquecillo de álamos pelados,
y en una cabaña encuentro esperándome a mi guía
y a un guarda forestal, un tipo joven y bien informado, con el cual
mantengo un incendiario y cómplice diálogo en torno
a la catástrofe del Prestige y otros desastres propiciados
por el capitalismo desalmado. Mientras charlamos me como una estupenda
empanada argentina acompañada de una Quilmes, sentado en
un banco junto a una chimenea en la que arde un gratísimo
fuego. Quizá sea éste uno de los mejores instantes
de mi vida, pienso sintiendo una suave modorra.
Cae la tarde cuando llegamos a Bahía Lapataia,
el extremo sur de Argentina y fin del continente americano. El Fin
del Mundo. Delante y hasta donde alcanza la vista solo hay un mar
negruzco y amenazador como el de las ilustraciones de los mapas
medievales. Y tras ese mar de leyenda, a 1.000 km escasos de aquí,
el Continente Blanco, la Antártida. De momento, solo un sueño.
Fotos de rigor, y en marcha hacia Ushuaia, la ciudad más
austral del mundo.
Nacida como colonia penitenciaria para toda clase
de rebeldes y soñadores, la Ushuaia de hoy es, cómo
no, una calle larga y en cuesta, y también una constelación
de pequeños barrios nuevos diseminados en una no muy extensa
faja de tierra entre el mar y las montañas. En invierno y
en verano la ciudad vive de y para el turismo. Sus habitantes proceden
de todas partes del Cono Sur donde la vida es peor que entre la
nieve y el hielo; en pocas horas me cruzo allí con un taxista
boliviano, con argentinos de San Juan, con porteños en fuga
de la urbe...
La noche de Ushuaia no da para
mucho. Lo mejor, el asado en un restaurante típico en el
que suenan las inolvidables canciones de Los Chalchaleros, y luego
una cerveza nacional en un bar donde los rótulos publicitarios
anuncian cervezas europeas que los camareros no recuerdan haber
tenido nunca. Bueno, la fantasía de la vida es también
parte del alma argentina.