De Río Gallegos, la capital
de la provincia de Santa Cruz, a El Calafate, el pueblo desde el
que se parte para visitar el glaciar Perito Moreno, hay unos trescientos
y pico kilómetros de carretera a través de una región
deshabitada y carente de todo refugio. La inauguración hace
pocos años del aeropuerto de El Calafate ha facilitado que
el flujo de visitantes hacia esta zona, situada a caballo entre
la gran llanura patagónica y los Andes, se haya incrementado
considerablemente en poco tiempo, aunque por suerte sigan sin existir
aquí problemas de masificación turística.
Llego a El Calafate en un vuelo procedente
de Buenos Aires. A bordo, y por primera vez en mi vida, he tenido
la ocurrencia de desayunar con champagne, que naturalmente es argentino
y bastante aceptable por lo demás. En el avión llegamos
no más de tres o cuatro docenas de pasajeros, la mayoría
argentinos. Entre ellos hay una pareja de mediana edad de San Isidro,
excelentes personas y fascinados por España, como comprobaré
más tarde. También, un matrimonio vasco a los que
conocí en el aeropuerto de Trelew, cuando el día anterior
cancelaron nuestro vuelo directo a El Calafate y tuvimos que regresar
a Buenos Aires.
La misma tarde de mi llegada a El
Calafate cae una nevada que tiene la virtud de hacer subir la temperatura,
tanto era el frío que hacía antes de nevar. Pasear
la calle principal y casi única de la población bajo
la nevada me transporta a momentos tan felices de una infancia tan
remota, que probablemente no hayan existido nunca y los esté
imaginando ahora. Al final de la calle principal, un poco más
allá de mi hotel, se abre Lago Argentino, un enorme y limpio
espejo, terso y gris, de una belleza tal que no parece real. En
realidad, uno podría pensar que todo esto es un puro decorado
creado por un tramoyista genial, porque seguramente estos paisajes
no existen ni siquiera en la parte nórdica de la vieja Europa,
allá en las proximidades del Círculo Polar Ärtico.
Salimos casi de madrugada en una
combi rumbo al Perito Moreno, el principal aunque no único
de los glaciares cercanos. Paramos cerca de Lago Argentino para
ver amanecer, y luego más adelante, en mitad de un bosque
cuya blancura y silencio sobrecogen. Un poco más allá
avistamos la muralla de hielo del glaciar, alta como una casa de
siete pisos y larga de unos cinco kilómetros, toda de color
blanco purísimo menos en las zonas de la pared frontal donde
se han desprendido recientemente bloques de hielo; allí son
visibles una especie de llagas de tonalidad azul intenso, como si
un gigante hubiera acuchillado el hielo desgajando de él
lajas verticales que luego arrojara al lago en el que muere la lengua
de hielo.
Navegamos luego en una embarcación
semejante a las golondrinas barcelonesas hasta unos pocos centenares
de metros del frente del glaciar. Delante nuestro caen grandes pedazos
de hielo al lago, y al impactar en el agua nos envían ondas
que sacuden con energía el barquito.
Más tarde caminaremos
por un sistema de pasarelas semejante al de las cataratas de Iguazú,
que nos permite contemplar a placer el costado derecho de la lengua
del glaciar y su superficie semejante a una descomunal barra de
helado. De tanto en tanto un estruendo seco y amplificado por las
montañas próximas advierte de un nuevo desprendimiento,
y otro pedazo de hielo comienza a navegar por el lago a modo de
iceberg disolviéndose lentamente al contacto con las aguas
más cálidas.
La majestuosidad del glaciar se impone a cualquier otra consideración.
Aquí se entiende bien la desproporción existente entre
la Naturaleza y esa criatura que es el ser humano, y lo patético
que resulta su empeño en poner puertas al campo allá
donde la Pampa o el hielo eterno sólo admiten la contemplación
extasiada. Secretamente, aquí uno descree de la victoria
final de los bípedos, e insolidario de sus iguales, se alegra
de la previsible derrota de ese mamífero con demasiadas ínfulas.