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Cataratas de Iguazú

Fuera de la confortabilidad del hotel, Puerto Iguazú es apenas una larga y doble hilera de casas de una o dos plantas, con porches corridos sobre las fachadas y aspecto general bastante abandonado, al menos en las afueras. En realidad, la avenida principal sigue el trazado de la carretera que atraviesa longuitudinalmente la población y va a morir al río, siendo cruzada aquí y allá por una red de calles menores que a menudo tienen por todo pavimento la arcilla intensamente rojiza propia del suelo de la región.

Sumergida en un perpetuo vaho caliente, la ciudad es otra de esas poblaciones tropicales donde toda la distracción que puede hallarse es ver llover sobre mojado. Aquí, la humedad de la selva impregna hasta los pensamientos. El agua, en permanente suspensión en la atmósfera, precipita en continuos chaparrones cálidos que sorprenden por su intensidad y corta duración. Todos corren entonces a buscar refugio bajo los porches, y durante un rato los gritos y los ladridos llegan amortiguados a través de la espesa y cálida cortina de lluvia.

El Parque Nacional Iguazú es otra cosa. La selva lustrosa, como recién lavada y pintada en infinitas tonalidades del verde, atravesada por ríos y caños que fluyen incesantes y recorrida por sendas y pasarelas que facilitan y hacen más ameno el caminar, se ordena en un paisaje salvaje y cuidado a un tiempo. La impresión de pulcritud de este espacio natural contrasta vivamente con el aspecto costroso de la ciudad cercana.

De repente, tras salir a un claro, nos damos de bruces con el estruendo proveniente del descomunal salto de agua que se abre delante nuestro. La tarjeta de visita que nos entregan las cataratas de Iguazú (“el agua grande”, en lengua guaraní) es el ruido ensordecedor del agua cayendo, rugiendo y bullendo. Al aturdimiento del primer momento le sucede pronto la sensación de vértigo, ocasionada al asomarnos al sobrecogedor foso que la pared líquida en forma de herradura ha ido excavando milenio a milenio. La grandiosidad del espectáculo nos abruma.

Empleamos toda la mañana en recorrer el sistema de pasarelas aéreas que permite acercarse a los centenares de saltos de agua del lado argentino de las cataratas. Algunos coatíes corretean por el merendero donde descansamos unos minutos; hay mariposas bellísimas que sólo he visto antes en los cromos que coleccionaba cuando era niño; y más tarde, de regreso al hotel, veré a un tucán lucir los vistosos colores negro y amarillo de sus plumas.

Por la tarde pasamos al lado brasileño, y comprobamos que efectivamente, tal como dice la guía que acompaña al grupo de visitantes “Argentina creó el espectáculo, y los brasileños pusieron la platea”. Ciertamente el lado brasileño de las cataratas es mucho menos interesante, y lo mejor de él es su función de palco que permite apreciar en toda su belleza la Garganta del Diablo y otros saltos célebres que se encuentran en el lado argentino.
Por la noche ceno con un personaje que he conocido durante la excursión, un madrileño hijo de franceses, un tipo extravagante y bienintencionado, a quien esta mañana he visto recorrer la selva vestido y calzado a medias de ejecutivo y mochilero, y a quien he oído conversar con la guía imitando el acento y los giros del lenguaje argentino. Hablamos de lo divino y de lo humano, y al terminar de cenar decidimos tomar nuestro primer mate. Su sabor nos recuerda a los dos una especie de té áspero, y nos nos quedan ganas de repetir.


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