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Buenos Aires

Desde el aeroparque de Ezeiza, el aeropuerto internacional de Buenos Aires, una combi –una de esas modernas y confortables furgonetas que funcionan como taxis colectivos, y que pueden hallarse en cualquier punto del país- me lleva a mi hotel en el Microcentro, en un lateral de la Avenida 9 de Julio, a dos pasos como quien dice del Obelisco.

Por el camino, el corresponsal de mi agencia de viajes me da las instrucciones necesarias para conocer Buenos Aires por mi cuenta, disfrutándolo a fondo y correr sin riesgos innecesarios. Seguiré sus consejos al pie de la letra y todo irá como una seda, a pesar de las tonterías alarmistas que pueden leerse en España sobre la seguridad en esta ciudad.

Mientras le escucho, veo desfilar en la madrugada los suburbios porteños, tan parecidos a los que se ven cuando uno se dirige del aeropuerto de El Prat a Barcelona. Cintas de relucientes autopistas bordean grises y sucios polígonos industriales y grises y sucios polígonos de viviendas; otras veces orillan grupos de casuchas, campos de fútbol improvisados, solares baldíos.... Paisajes malditos generados en su momento por una industrialización inmediatista y salvaje, que hoy está en crisis en todas partes.

El centro de Buenos Aires, o para ser más exacto, el Microcentro, es otra cosa: amplias avenidas, enormes plazas, monumentos colosales..., y una arquitectura que recuerda vagamente un cruce entre la parisina y la madrileña de principios del siglo XX, con gotas de Art Nouveau centroeuropeo y muy poca originalidad local.

Durante unos días exploraré esa parte la ciudad y los principales barrios y luego, en los sucesivos retornos a la capital porteña entre salto y salto a otras zonas del país, iré conociendo el resto.

No hay una sola Argentina y tampoco hay un solo Buenos Aires, sino múltiples versiones de la ciudad engarzadas entre sí. Tampoco la fragmentación es tanta que amenace la percepción reposada del conjunto como un todo, aunque al ojo europeo precipitado la ciudad puede parecerle un mosaico de piezas reunidas a capricho.

Y sin embargo, las diversas zonas de Buenos Aires están trabadas por un conjunto de sutiles nexos, que articulan en una sola entidad urbana el perfume europeo de una calle peatonal como Florida, la fiereza del tránsito automovilístico en las avenidas casi norteamericanas del Microcentro, la calma antigua del bosque urbano del Parque Lezama, la serenidad de las dulces callejas de San Telmo, y la vitalidad un poco forzada y chillona que impregna el barrio de la Boca. Apenas unos centenares de metros separan el Riachuelo pútrido, que se adentra en los vivos cromatismos de la Boca como un cuchillo oxidado, de los pulcros muelles jubilados que se avistan desde los restaurantes de lujo de Puerto Madero; son dos mundos diferentes, pero los dos son Buenos Aires.

Luego están los porteños. Socarrones, sentimentales, cálidos, tiernos. Elegantemente desesperados, hipercríticos, añorantes. Sonrío al oírles arrastrar las palabras como si fueran abrigos viejos. Prodigiosamente informados, en cada mesa de café -confitería, dicen allá-, celebran debates aparentemente desganados sobre los asuntos más peregrinos y también sobre los más reales. La opinión del europeo es requerida con cordialidad e interés. Su afecto por los gallegos, que sospecho es una forma de quererse a sí mismos que tienen los argentinos, llega a veces a ser desconcertante para quien sabe que ése es un amor pocas veces correspondido.

Y la garúa. Una tarde con el cielo de plomo regreso de comer, caminando desde Puerto Madero al Obelisco. Subo por Corrientes y de repente empieza a caer una llovizna fina, ingrávida, un txirimiri de esos que casi ni mojan. Respiro hondo y percibo el aroma de humedad, y pienso que esta lluvia es lo que me faltaba para poder decir: ahora ya conozco Buenos Aires. Al menos, lo he intentado.


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