Regreso a casa después de diecisiete días
de viaje, 8 estancias en hoteles, 11 aviones tomados y 33.000 kilómetros
recorridos desde que salí de Barcelona.
Allí quedan Dani, Stella, la simpatía
y eficiencia de Roberto y su chófer, la afabilidad del quiosquero
gallego de la calle Ribadavia, la amistosa gente del hotel Salles,
los engominados y dignos camareros porteños, el guía
que señala la entrada del estadio de Boca (“yo les
traigo aquí porque es mi trabajo, pero si quieren ver algo
grande vayan a ver a Independiente”), la guapa Pepi explicando
Iguazú como solo lo puede hacer una hija de la provincia,
el pelirrojo casi adolescente que nos guía por Península
Valdés contagiándonos su entusiasmo por la Naturaleza
salvaje, el chófer de combi que dejó su despacho de
ejecutivo porteño para llevar turistas a ver ballenas, la
dependienta de la librería de Puerto Madryn que me obsequió
con su timidez y un montón de puntos de libro, los cordiales
propietarios y camareros de La Toldería (una enciclopedia
viviente del fútbol el socio más joven) y del Casablanca
(inolvidables pizzas), ambos en El Calafate, el italiano que después
de vivir años en Rosario sigue sin hablar una palabra de
español pero gusta de viajar por todo el país, mi
guía en el P.N. Tierra del Fuego y su retranca y aspecto
de campesino galaico, los forestales del Parque tan concienciados
del tesoro que tienen a su cargo....
Inolvidables personas todas ellas, a los que
espero volver a ver de nuevo.