Trolebús © John Howes

Urgench

Un vuelo interior sin incidencias nos lleva a Urgench, una pequeña ciudad tristona y obscura, cuyo único interés aparente reside en ser paso obligado hacia Kiva, la ciudad del desierto, de la que está separada por apenas unos treinta kilómetros.

Muy cerca del hotel hay una gran plaza apenas iluminada, en la que centenares de personas se congregan para oír música, charlar y tomar el fresco, en una especie de verbena popular en la que los jóvenes son los reyes: muchachas en grupo, niños que se persiguen, parejas cogidas de la mano... Aunque ya es noche cerrada y el suelo está sembrado de zanjas y baches, todos dan vueltas una y otra vez a la plaza, en una escena que me recuerda al instante viejas fotos familiares en blanco y negro de la España rural los años cuarenta.

El hotel, enorme y destartalado, sobrecogedor en su aparente abandono, tiene cierto aire de escenario de novela gótica barata. La impresión general que transmite es la de que seguramente conoció tiempos mejores, pero también que éstos pasaron muy rápidamente.

En la planta donde se halla mi habitación, una matrona rusa, rubia y aún atractiva, vigila no se sabe bien qué desde un mostrador que oficia de pedestal de su busto. La mujer vende agua mineral con una sonrisa de tan infinita tristeza, que dan ganas de abrazarla o mejor aún, de pedirle perdón directamente, aún sin ser el responsable de su melancolía ni saber qué la produjo.

La cerradura de la puerta de mi habitación no funciona. La matrona sólo habla ruso, y cuando por fin entiende el problema, me asegura que se resolverá.....mañana. Duermo tras haber colocado el respaldo de una silla apuntalado contra la puerta, tal como recuerdo haber visto hacer en alguna antigua película de aventuras.

Por la mañana, desayunamos en una terracita soleada, disputando la mermelada y el azúcar a una nube de avispas gordas y torponas, ante las risotadas de un grupo de franceses que minutos antes han sufrido la misma experiencia. Por suerte las avispas no pican a nadie, y su único interés parece ser zamparse nuestro desayuno. Lo consiguen, evidentemente.

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