Un vuelo interior sin incidencias nos lleva a Urgench,
una pequeña ciudad tristona y obscura, cuyo único
interés aparente reside en ser paso obligado hacia Kiva,
la ciudad del desierto, de la que está separada por apenas
unos treinta kilómetros.
Muy cerca del hotel hay una gran plaza apenas iluminada,
en la que centenares de personas se congregan para oír música,
charlar y tomar el fresco, en una especie de verbena popular en
la que los jóvenes son los reyes: muchachas en grupo, niños
que se persiguen, parejas cogidas de la mano... Aunque ya es noche
cerrada y el suelo está sembrado de zanjas y baches, todos
dan vueltas una y otra vez a la plaza, en una escena que me recuerda
al instante viejas fotos familiares en blanco y negro de la España
rural los años cuarenta.
El hotel, enorme y destartalado, sobrecogedor en
su aparente abandono, tiene cierto aire de escenario de novela gótica
barata. La impresión general que transmite es la de que seguramente
conoció tiempos mejores, pero también que éstos
pasaron muy rápidamente.
En la planta donde se halla mi habitación,
una matrona rusa, rubia y aún atractiva, vigila no se sabe
bien qué desde un mostrador que oficia de pedestal de su
busto. La mujer vende agua mineral con una sonrisa de tan infinita
tristeza, que dan ganas de abrazarla o mejor aún, de pedirle
perdón directamente, aún sin ser el responsable de
su melancolía ni saber qué la produjo.
La cerradura de la puerta de mi habitación
no funciona. La matrona sólo habla ruso, y cuando por fin
entiende el problema, me asegura que se resolverá.....mañana.
Duermo tras haber colocado el respaldo de una silla apuntalado contra
la puerta, tal como recuerdo haber visto hacer en alguna antigua
película de aventuras.
Por la mañana, desayunamos
en una terracita soleada, disputando la mermelada y el azúcar
a una nube de avispas gordas y torponas, ante las risotadas de un
grupo de franceses que minutos antes han sufrido la misma experiencia.
Por suerte las avispas no pican a nadie, y su único interés
parece ser zamparse nuestro desayuno. Lo consiguen, evidentemente.