El metro de la ciudad en un sello de correos soviético
Taskhent

Aterrizo de madrugada en Taskent, la capital del país, aún aturdido por la experiencia sufrida veinticuatro horas antes: el tremendo terremoto de Estambul, vivido la noche anterior desde mi habitación en un hotel de la ciudad turca. Llegamos a Taskhent casi como si fuéramos refugiados, sin visado y todavía con cara de susto.

La acogida que nos dispensa la burocracia uzbeka es poco cordial. El trámite para entrar en el país se demora durante horas, hasta que finalmente una muchacha de uniforme nos pone el sello correspondiente en el pasaporte, cobrándonos de paso unos dólares por un visado que hace días alguien debería haber gestionado en Estambul. Todo bajo la supervisión de un policía uzbeko de aspecto feroz, que parece tomarse muy en serio la tarea de controlar al grupito de parlanchines y ruidosos occidentales que ha invadido en sus dominios.

La visita de Taskhent, una típica capital de provincias soviética, no deja especial huella en el viajero. Amplias avenidas grises, grandes edificios grises, ampulosos monumentos grises.... El urbanismo post estalinista reconstruyó, dentro de sus más estrictos cánones, la Taskhent laminada por un terremoto en los años sesenta, desastre que prácticamente acabó con cualquier vestigio del pasado y permitió por tanto una reurbanización sin trabas.

Anoto mentalmente un rincón tranquilo y gratificante para el espíritu en la mañana calurosa: una placita arbolada con la fachada neoclásica de un pequeño teatro en uno de sus lados, y puestecillos de vendedores de libros rusos junto a los parterres polvorientos que la rodean. También, más tarde, alguna mezquita de cierto empaque y las primeras madrasas de las muchas que veremos durante el viaje.


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