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Samarcanda

Esta fusión entre tradición y modernidad es aún más perceptible en Samarkanda. Lo que es viejo y respetado y lo que es nuevo y admirado, se encuentran y conviven aquí sin que aparentemente se produzcan mayores problemas. Muchachas rusas con jeans ceñidos pasean solas por cualquier calle de la ciudad, y se cruzan con grupos de mujeres uzbekas envueltas en sus multicolores y amplios vestidos de seda tradicionales; incluso puede verse de tanto en tanto alguna mujer vestida y cubierta más al estilo árabe que al uzbeko. Una cierta penetración del fundamentalismo islamista sí es perceptible. Al parecer, el número de estudiantes islámicos inscritos en las madrasas ha crecido considerablemente en los últimos años.

Samarcanda, la ciudad que Amir Temir convirtiera en la capital de Asia, conserva todavía ese carácter de melting pot multicultural que la define desde su fundación. La habitan rusos, uzbekos, tayikos, chinos, afganos, árabes... una babel de razas y lenguas dedicada al comercio y al intercambio de todo lo intercambiable, donde los únicos que suscitan cierta discreta curiosidad en gentes acostumbradas a ver casi de todo en materia de especímenes humanos, somos precisamente el grupito de viajeros europeos, los “italianos”, como nos llaman independientemente de nuestra nacionalidad real.

Al parecer, los uzbekos dividen el mundo de los blancos en rusos, americanos e italianos; como es obvio que no somos ni rusos ni americanos, necesariamente somos para ellos “italianos”.

Visitar Samarcanda es sumergirse en un mundo de formas geométricas de gran pureza, definidas por resplandecientes mosaicos de azulejos blancos y azules: la plaza de Rajestán con sus dos madrasas enfrentadas, perfectas en su simetría; la mezquita dedicada a la memoria de Bibi Janin, la mujer cuya inteligencia y belleza son el espejo en el que se miran las uzbekas desde hace siglos; el mausoleo de Amir Temir, grandioso y sobrio, en cuya cripta se guardan en sencillos sarcófagos de piedra los restos de Tamerlan y sus sucesores; la Ciudad de la Muerte, con sus panteones alineados en calles estrechas y sombrías, autèntica ciudad dentro de la ciudad; el barrio colonial ruso, lleno de melancólica nostalgia y de peligrosas zanjas que nadie rellena....Un marco espléndido para una vida bullente y agradable, en la que los modos occidentales de vivir y producir aún son lo realmente exótico.

El único Uzbekistán en trance de franca desaparición es el colonial, o mejor dicho, las superviviencias de esa etapa histórica que han llegado hasta nuestros días.

Al caer la tarde, y de manera un tanto misteriosa, nos llevan a visitar una galería de arte contemporáneo, donde, inmediatamente, nos hacen entrar en una especie de gran almacén anejo. Ante los ojos asombrados del viajero se desplegan los restos de un tiempo ido: preciosos iconos de siglos pasados, cuberterías de plata, mobiliario, utensilios.....El patrimonio familiar de generaciones de familias rusas se vende de tapadillo, para poder financiar con él la marcha del país de quienes quieren abandonarlo, o más doloroso todavía, la supervivencia diaria de personas abandonadas a su suerte, especialmente ancianos solos y sin medios económicos. El procedimiento es sencillo, nos explica alguien: se intenta primero vender a familias rusas con mayores recursos, y lo que no se puede colocar en la misma comunidad se acaba ofreciendo a viajeros y turistas procedentes de países cristianos; todo antes de que caiga en manos de los uzbekos, musulmanes de religión.


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