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Kiva

Kiva, la ciudad del desierto, cercada de murallas, minuciosamente restaurada y conservada, es una pura delicia. En sus calles de sabor medieval se suceden palacios, mezquitas, madrasas (escuelas religiosas), caravanserais (lugares donde descansaban las antiguas caravanas), y un gran mercado cubierto. Apenas residen en ella unos centenares de personas, dedicados en su mayoría a atender la conservación de la ciudad y a los viajeros que llegan hasta aquí. En Kiva, prácticamente todos los residentes son uzbekos.

En la ciudad todo está limpio, en orden y restaurado; en ocasiones, quizá excesivamente restaurado. Pero a diferencia de otros lugares del mundo donde se ha acometido la obra de rehabilitar arquitectónicamente una ciudad entera, aquí no ha habido lugar para las fantasías ni tampoco para las improvisaciones: el original ha sido reproducido minuciosamente, con todo cuidado.

Un cielo intensamente azul, sin una sola nube. La luz del desierto y el silencio relajante. Calles estrechas sin aceras ni tráfico rodado, en penumbra, donde es posible caminar con pausa y sin sobresaltos. Un pequeño patio donde por pocas monedas te venden cerveza alemana muy fría. Y un poco más allá otro patio, cuyo centro ocupa un antiguo pozo ceremonial resguardado con celosías de madera. La escuela-taller donde los niños aprenden a trabajar la madera mientras memorizan el Corán; uno de ellos llora inconsolable, atemorizado ante la presencia de los extraños bárbaros que les visitan esta mañana. Luego, los maestros nos muestran con orgullo la fabulosa cama de maderas preciosas que están fabricando artesanalmente para el embajador norteamericano; de paso, nos venden unas cuantas tablas para cortar carne, ricamente taraceadas a mano.

Todo esto es Kiva. Somos felices aquí y no quisiéramos irnos nunca.

 


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