Señal de tráfico © Jean-Chiristophe Boillat

Karakun

La siguiente etapa atraviesa el Karakun, un desierto de piedras calcinadas y horizontes desalentadores de puro inmensos.

El autocar con aire refrigerado se desliza durante horas sobre la cinta gris de la carretera como un tren sobre sus raíles. Ni una curva, ni un descanso para la vista. De tanto en tanto se cruza en nuestro camino un descomunal camión ruso pintado de azul claro, con la robusta caja atestada de melones de tamaño dos o tres veces mayor a los que conocemos en el Mediterráneo: son los sustitutos de los camellos bactrianos que recorrían antaño los caminos de la antigua Ruta de la Seda, grandes bestias metálicas de carga que resoplan furiosos como dragones y a los que conviene esquivar.

La temperatura exterior rebasa los 50º centígrados. Detrás del chófer, un frigorífico más alto que un hombre de estatura corriente rebosa botellines de agua mineral; los iremos consumiendo durante el viaje, y el ayudante del chófer nos los cobrará en dólares. Negocio es negocio, y aquí el agua es vida.

A nuestra derecha tenemos el trazado majestuoso del río Amur Dariá, y más allá, como si fuera un decorado teatral, la inmensidad de la cadena montañosa del Hindukus. La modorra vence, y todos dormimos durante horas.

De repente paramos en mitad de la nada, muy cerca del río. La guía, una rusa cuarentona y tranquila, nos informa de que tenemos cinco minutos para bajar del autocar y cumplir con las necesidades fisiológicas que cada cual tenga a bien: los hombres a un lado del autocar, las mujeres al otro. Una señora de edad objeta que en un paraje como éste deben haber escorpiones y serpientes. La guía sonríe amablemente: “¿Usted cree que con este calor puede haber seres vivos aquí?”, responde burlona.

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