La siguiente etapa atraviesa el Karakun, un desierto
de piedras calcinadas y horizontes desalentadores de puro inmensos.
El autocar con aire refrigerado se desliza durante
horas sobre la cinta gris de la carretera como un tren sobre sus
raíles. Ni una curva, ni un descanso para la vista. De tanto
en tanto se cruza en nuestro camino un descomunal camión
ruso pintado de azul claro, con la robusta caja atestada de melones
de tamaño dos o tres veces mayor a los que conocemos en el
Mediterráneo: son los sustitutos de los camellos bactrianos
que recorrían antaño los caminos de la antigua Ruta
de la Seda, grandes bestias metálicas de carga que resoplan
furiosos como dragones y a los que conviene esquivar.
La temperatura exterior rebasa los 50º centígrados.
Detrás del chófer, un frigorífico más
alto que un hombre de estatura corriente rebosa botellines de agua
mineral; los iremos consumiendo durante el viaje, y el ayudante
del chófer nos los cobrará en dólares. Negocio
es negocio, y aquí el agua es vida.
A nuestra derecha tenemos el trazado majestuoso del
río Amur Dariá, y más allá, como si
fuera un decorado teatral, la inmensidad de la cadena montañosa
del Hindukus. La modorra vence, y todos dormimos durante horas.
De repente paramos en mitad
de la nada, muy cerca del río. La guía, una rusa cuarentona
y tranquila, nos informa de que tenemos cinco minutos para bajar
del autocar y cumplir con las necesidades fisiológicas que
cada cual tenga a bien: los hombres a un lado del autocar, las mujeres
al otro. Una señora de edad objeta que en un paraje como
éste deben haber escorpiones y serpientes. La guía
sonríe amablemente: “¿Usted cree que con este
calor puede haber seres vivos aquí?”, responde burlona.