Cerca de Samarcanda está Chakhrisabz, la pequeña
ciudad donde nació Tamerlán, el héroe nacional
y Hércules fundador de la nación uzbeka; al menos,
los creadores del nuevo Estado, surgido en la última década
del siglo XX, le consideran así, y los uzbekos en general
parecen creerlo.
Su nombre real fue Amir Temir, y vivió en
el siglo XIV y primeros años del XV. Descendiente en linea
directa de Gengis Khan, logró reconstruir y ampliar el imperio
que levantara su antepasado. Los turcos, sus enemigos acérrimos,
le pusieron por mote “Timur Leg”, es decir, “El
Cojo de Hierro”. De su extrema crueldad y del temor que inspiraba
entre sus enemigos llegó noticia hasta la lejana Europa,
y Enrique III, rey de Castilla, le envió un embajador con
una propuesta delirante: firmar un pacto para aplastar a los turcos
mediante una tenaza que les presionara simultáneamente desde
Oriente y desde Occidente, y repartirse ellos luego el mundo conocido.
El embajador castellano en misión tan especial
se llamaba Rui González de Clavijo. Poder seguir los pasos
de González de Clavijo cinco siglos después, es un
emocionante privilegio. Visitando los restos del Palacio Blanco,
la fastuosa residencia construida por Tamerlán en su pueblo
originario, uno siente que está pisando el mismo suelo y
tocando los mismos muros que Clavijo, y que los seis siglos transcurridos
desde entonces son apenas nada.
Delante del Palacio Blanco,
una ancha plaza presidida por una gran estatua de Tamerlán
acoge a grupos de uzbekos alegres y ruidosos, encabezados por parejas
de novios vestidos con sus mejores galas, que son filmados en video
por alguno de los acompañantes mientras posan a los pies
de la estatua. Las cámaras de video en manos de los uzbekos
resultan un elemento de sorprendente modernidad, un contrapunto
insólito en un entorno que respira historia y cultura añejas.