Ruinas del Palacio Blanco de Tamerlán © Joaquim Pisa

Chakhrisabz

Cerca de Samarcanda está Chakhrisabz, la pequeña ciudad donde nació Tamerlán, el héroe nacional y Hércules fundador de la nación uzbeka; al menos, los creadores del nuevo Estado, surgido en la última década del siglo XX, le consideran así, y los uzbekos en general parecen creerlo.

Su nombre real fue Amir Temir, y vivió en el siglo XIV y primeros años del XV. Descendiente en linea directa de Gengis Khan, logró reconstruir y ampliar el imperio que levantara su antepasado. Los turcos, sus enemigos acérrimos, le pusieron por mote “Timur Leg”, es decir, “El Cojo de Hierro”. De su extrema crueldad y del temor que inspiraba entre sus enemigos llegó noticia hasta la lejana Europa, y Enrique III, rey de Castilla, le envió un embajador con una propuesta delirante: firmar un pacto para aplastar a los turcos mediante una tenaza que les presionara simultáneamente desde Oriente y desde Occidente, y repartirse ellos luego el mundo conocido.

El embajador castellano en misión tan especial se llamaba Rui González de Clavijo. Poder seguir los pasos de González de Clavijo cinco siglos después, es un emocionante privilegio. Visitando los restos del Palacio Blanco, la fastuosa residencia construida por Tamerlán en su pueblo originario, uno siente que está pisando el mismo suelo y tocando los mismos muros que Clavijo, y que los seis siglos transcurridos desde entonces son apenas nada.

Delante del Palacio Blanco, una ancha plaza presidida por una gran estatua de Tamerlán acoge a grupos de uzbekos alegres y ruidosos, encabezados por parejas de novios vestidos con sus mejores galas, que son filmados en video por alguno de los acompañantes mientras posan a los pies de la estatua. Las cámaras de video en manos de los uzbekos resultan un elemento de sorprendente modernidad, un contrapunto insólito en un entorno que respira historia y cultura añejas.

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