anterior
siguiente
Bujara

la caída de la tarde, luego de horas de travesía del puro desierto, de repente el paisaje se transforma: a los lados de la carretera comienza a aparecer una sucesión de huertas y casitas de agricultores, que terminan por espesarse hasta convertirse en la entrada de una ciudad. Hemos llegado a Bujara, la antigua capital del khanato del mismo nombre, colonizado por los rusos en el siglo XIX.

Un siglo después de la anexión zarista, Bujara sigue exhalando el aroma propio de la ciudades coloniales asiáticas, como si el tiempo hubiera quedado suspendido en sus calles, monumentos y mercados. Y no es sólo que en ella reine, por sobre cualquier otro, el característico y compacto olor especiado y dulzón que impregna la atmósfera de cualquier ciudad musulmana del ancho mundo.

Se trata de algo más indefinible, nacido de una suma de sensaciones diversas pero convergentes, que acaban resumiéndose en un pálpito extraño: el presentimiento de que de un momento a otro, al doblar una esquina, vas a tropezarte con un cortejo formado por estirados oficiales del zar, displicentes funcionarios coloniales y damas envueltas en sedas y encajes, todos congestionados por el calor y suspirando por una limonada fría y unas vacaciones en Crimea. Y es que Asia Central fue para el Imperio Ruso lo que la India para el Británico.

Los mercados de Bujara son otra cosa. Tanto en el Mercado de la Seda como en el ordenado mercado general, en el que se pueden adquirir pocas cosas nuevas pero es posible encontrar cualquier cosa usada -incluidos clavos viejos que se exponen perfectamente alineados por tamaños y funciones-, Oriente estalla ante los ojos del europeo, sumiéndolo de nuevo en el placer, olvidado por nosotros hace siglos, de observar la mercancía no como un simple producto manufacturado sino como un elemento dotado de personalidad e interés propios, y sobre todo, poseedor de utilidad concreta y casi eterna.

En efecto, ¿para qué gastar dinero en comprar un clavo nuevo, si podemos adquirir uno usado que cumplirá exactamente la función deseada y además prolongará la vida útil de un pedazo de materia que, como nosotros mismos, también tiene derecho a seguir existiendo en tanto sirva para algo?. Pura filosofía oriental de la vida aplicada al comercio, como puede verse.

Cerca de Bujara, junto a un pueblecito polvoriento y sin relieve, se halla el centro espiritual mundial de los sufíes. Tranquilos, amables, pacifistas y un tanto ingenuos, los sufíes acogen a los visitantes con timidez y sonrisas. Cada día llegan a ellos viajeros y peregrinos de todo el mundo. Imperturbables, los hombres y las mujeres sufíes siguen con sus ritos, celebran comidas campestres y giran alrededor del Arbol de los Deseos, ajenos a la curiosidad que despiertan. La suya es, obviamente, otra manera de entender el Islam: pacífica y tolerante, muy alejada por tanto de la que, a unos pocos cientos de kilómetros del santuario, sostenían a tiros en esos días los Estudiantes de la Fé afganos.

Sentado en el hall del hotel a primera hora de la mañana, tengo la ocasión de comprobar que en este país realmente se vive el islam de otra forma. Cerca de mí, un moderno y potente equipo de sonido instalado tras la barra del bar transmite la oración de la mañana, expandiendo por todo el hall la salmodia del muecín. El contraste entre el rezo amplificado y el confortable y moderno espacio arquitectónico es total, y me ocasiona cierta perplejidad.
De repente finaliza la oración y, sin solución de continuidad, el equipo de sonido comienza a transmitir con el mismo volumen los ritmos de moda en las discotecas europeas y americanas.

No puedo evitar sonreír al joven camarero uzbeko, quien, tras la barra del bar, continúa limpiando y ordenando vasos con el mismo gesto imperturbable que tenía momentos antes, durante la transmisión de la oración.


subir

bajar