Representación pictórica de una mujer uzbeka. Nukus Art Museum

Un ángel uzbeko

El día que llegamos a Taskhent busqué un teléfono para llamar a casa y tranquilizarles sobre mi estado tras el terremoto de Estambul. En el último piso del hotel encontré el locutorio. Mientras intentaba cambiar un billete de 100 dólares con el que pagar la llamada, frustrado intento que originó un considerable revuelo en toda la planta –aquí se considera que todos los billetes de100 dólares son falsos-, una muchachita de rasgos inequívocamente eslavos, espigada y de una seriedad angelical, me observaba detenidamente.

Cuando se resolvió la situación, la muchacha se acercó a mí hablando un castellano correctísimo e inquirió si yo era español. Al decirle que sí -ella obviamente ya lo sabía, pues me había oído conversar momentos antes con la gente de mi grupo-, sonrió y me hizo algunas preguntas que culminó con la que realmente parecía interesarle, y que formuló finalmente de ese modo tan típicamente ruso, entre curioso y discreto: “¿Y qué le parece nuestra República?”.

Hube de contestarle que acababa de llegar a Uzbekistán y que venía además de un terremoto, así que no había tenido tiempo ni ocasión para formarme una idea ni siquiera vaga sobre “su” República....En todo caso, su interés era tan sincero, tan maduro e infantil a la vez, que me ví obligado a regalarle la pequeña guía en español que llevaba en las manos; así al menos sabría qué se pensaba en España acerca de su país. Alexandra –éste es su nombre- me lo agradeció con una exclamación de alegría muy comedida y dos besos de ángel.

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