La Ruta de la Seda fue en realidad un haz de caminos
agrupados en torno a dos principales: la Ruta de las Estepas y la
Ruta de las Montañas. Parte de estos itinerarios es posible
realizarlos hoy en viajes turísticos organizados.
El kilómetro cero se encontraba en la ciudad
china de Xian. Hasta ella llegaban dos ramales previos secundarios,
que nacían uno en Japón y el otro en las ciudades
imperiales chinas cercanas a la costa. Desde Xian la ruta partía
hacia el oeste atravesando el país de los uigures, chinos
de religión musulmana, hasta alcanzar la ciudad fronteriza
de Kasghar, internándose luego en Kirguizistán.
Más tarde la Ruta se dividía en un
camino del sur que bordeando las grandes montañas extendía
una derivación hacia la India, con un ramal marítimo
que llegaba hasta Arabia prosiguiendo luego por tierra hacia Oriente
Próximo, y otro camino más al norte que a través
de las estepas de Asia Central atravesaba el actual Uzbekistán
y, a través de Afganistán, Irán y el Imperio
Otomano, alcanzaba el Mediterráneo en las costas sirias y
libanesas, para ir a terminar en Estambul, a casi siete mil kilómetros
de su origen.
Todo el recorrido de la Ruta de la Seda estaba salpicado
de caravanserais, lugares fortificados de descanso para las caravanas
y los correos, protegidos por guarniciones armadas que garantizaban
la seguridad de comerciantes, correos y viajeros.
A lo largo de la Ruta, especialmente en su tramo
central, florecieron ciudades cuyos nombres tienen aún hoy
resonancias míticas: Samarcanda, Bujara, Kiva...., ciudades
que fueron centros mundiales de la cultura y el comercio, estaciones
principales de la arteria que trajo la civilización desde
un Oriente luminoso a la Europa sumida en las tinieblas medievales.