Para el incauto que viaja buscando sol y discotecas
sin fijarse en el calendario, Ibiza más allá de septiembre
es una trampa de aburrimiento. El tiempo es desapacible y cambiante,
un ventarrón molesto barre las playas y casi todo está
cerrado.
Esa es una Ibiza incómoda
para los devoradores de folletos turísticos de colorines,
y también para los seguidores del mito de la Ibiza que nunca
duerme; por tanto, es entonces cuando mejor se puede disfrutar de
la isla, libre de la presencia de semejante fauna. En estos días
uno se puede entretener a admirar las blancas casas que se apiñan
en las cuestas empinadas de Dalt de la Vila, sin peligro de ser
arrollado por un rebaño de recocidos jubilados alemanes o
de adolescentes británicos borrachos; o puede caminar por
la loma sobre la que se asienta el cementerio de Sant Antoni de
Portmany, deslumbrante en su blancura recortada contra el azul intenso
del mar, sin que un pseudohippie entrado en años le acose
con su artesanía fabricada en Hong Kong; o puede recorrer
las calles de cualquier otra población o centro urbanístico
sin temor a ser arrollado por un tropel de motos de alquiler cabalgadas
por imberbes veraneantes. En suma, el otoño en Ibiza está
cargado de ventajas para el viajero.
Subo las calles en pendiente de la
capital isleña, apenas un pueblo algo mayor que los otros.
Aquí, desde las murallas que cierran Dalt de la Vila, se
tiene conciencia exacta del carácter insular de Ibiza. El
Mediterráneo será un mar pacífico por lo general,
pero no deja de ser un mar, una masa de agua cuyos límites,
examinados desde la pequeñez humana encaramada a esta peña
batida por los vientos, parecen insondables. Un mar es una cosa
muy seria, y el que rodea esta isla no muy grande no escapa a la
regla. Quizá por eso Ibiza, situada a mitad de camino de
todas partes y de ninguna, ha sido durante milenios puerto de refugio
de pueblos navegantes y náufragos de toda clase naufragios.
Sabemos que los arriesgados comerciantes
púnicos dejaron aquí sus muertos y sus dioses, unos
y otros enterrados bajo esta especie de losa rocosa, anclados para
siempre entre el cielo y el mar y abrasados por un sol inclementemente
crudo. Incluso en esta época del año el azul añil
ciega y el gran ojo del sol, aunque caliente menos, sigue vigilante
ahí arriba.
Los siglos han hecho poso en Ibiza.
En rostros y piedras se descubren rasgos púnicos, griegos,
árabes, judíos, catalanes y Dios sabe de cuántas
otras partes. Todos esos trazos se han ido fusionando con el tiempo
hasta destilar una fisonomía local propia, aparentemente
endogámica, aislada e inalterada en los últimos siglos.
Pero desde hace alguna décadas
a estas playas han comenzado a llegar nuevos navegantes, y así
es posible encontrar un bar, uno de los pocos abiertos, en el que
suena indolente música porteña y la charla se susurra
en dulce y perezoso acento trasantlántico. El tipo de detrás
de la barra, argentino arquetípico de mediana edad, curiosea
y engancha rápido la conversación, e inquiere por
mis razones para estar en Ibiza fuera de temporada turística.
Le digo que vine “a pensar”, y él me explica
que llegó hasta aquí para perderse pero que finalmente
acabó encontrándose; “paradojas de la vida”,
musita el hombre para su bigote.
En fin, en otoño no se puede
ir a “Pachá” a ver escandinavas en celo de alcohol
y aventura sexual, pero se puede cenar divinamente y sin agobios
en el “Formentera”, frente al muelle donde atracan los
ferrys y la barca que va y viene a la cercana isla de los lagartos.
Una cosa va por la otra, y seguro que a partir de ciertas edades,
el arroz marinero sienta mejor que una noche loca con una walkiria.
Ibiza en otoño es, en
suma, un territorio diferente del antro de perdición veraniego,
de ese reino del bikini escaso de tela y del éxtasis pastillero
al por mayor, en cuyas madrugadas chapotea una parte considerable
de una juventud europea que es todo menos dorada. Ibiza en otoño
vuelve a ser una isla, un remanso de paz, un lugar para pensar,
perderse, y hasta para encontrarse a uno mismo.