Sobre Praga luce un sol de verano, aunque todavía
estamos en abril. Aún no son las diez de la mañana.
La explanada que se abre ante la entrada principal del Castillo
ya está llena de gente, que se arremolina con cierta excitación
ante la gran verja cerrada. Ciudadanos y turistas curiosean a través
de los barrotes una comitiva de coches oficiales y la parafernalia
militar de gala que rinde honores a sus ocupantes.
Ante la verja hay dos casetas de
guardia como de juguete, de esas con tejado puntiagudo y paredes
pintadas a rayas en diagonal, cada una con su hierático soldado
de lucidísimo uniforme delante. Un grupo de quinceañeras
ha tomado al asalto a los dos supuestamente fieros guerreros y se
sacan fotos con ellos casi trepándoles encima, hasta que
su desesperada maestra les grita en francés que los dejen
en paz y se porten como señoritas.
Más allá de las casetas hay puertas abiertas por donde
la gente accede al conjunto monumental como si tal cosa. Nadie revisa,
nadie controla nada. En un momento estás en el patio central;
sacas tu entrada en un pequeño mostrador, y el Castillo de
Praga es tuyo. Un festín maravilloso que dura horas: palacios,
iglesias, museos, la Callejuela del Oro...
Apenas entrar en el recinto, a la
derecha, hay un discreto palacio, en cuya puerta un conserje bastante
mayor informa a los turistas de que ésta es la residencia
oficial del Presidente de la República y que, por consiguiente,
el edificio no está incluído en el recorrido visitable.
Ni siquiera hay un soldado o un policía a la vista.
Probablemente Kafka no reconocería
este Castillo, a pesar de que él presidió toda su
vida y buena parte de su obra. Quizá tampoco lo reconociera
Alexander Dubcek, el hombre que en 1968, durante una primavera como
ésta, encabezó al pueblo checo en el intento de construir
un “socialismo con rostro humano”, aplastado pronto
por los tanques soviéticos con el beneplácito de los
EEUU.
Pasó la Guerra Fría
y cayó el Telón de Acero que dividía Europa.
Los soldaditos checos de hoy montan guardia de honor mientras pacientemente
se dejan fotografiar por escolares francesas en celo, en una Praga
que en poco más de una década ha vuelto a ser la que
nunca debió dejar de ser. Al fin, éste es el triunfo
de los hombres como Kafka y Dubcek. Svoboda (Libertad).