Camino la orilla del Sena desde Notre Dame
a la Torre Eiffel a primera hora de una tarde de abril. Llueve una
lluvia fina, norteña, de agua fresca y ligera. El cielo brilla
en grises acerados y grises humo, juntos conforman una atmósfera
“plein air” igual a las postales impresionistas que
compraré más tarde en la tienda de recuerdos del Musée
Orsay, ante el que debo hacer cola bajo la lluvia para entrar. No
me importa mojarme un poco. ¿Porqué habría
de molestarme? Estoy en París, el Sena pasa ahí mismo,
y voy a ver las pinturas que amo.
Al salir del museo sigo la curva del río,
que se precipita buscando la arquitectura metálica y oscura
de la torre improbable, dejando a mi derecha todos los puentes de
una ciudad tan vieja y cargada de historia que llama Puente Nuevo
a uno que fue construido en el siglo XIV, o que tutea mediante otro
al zar ruso al que se lo dedicó, llamándolo puente
de Alejandro a secas.
En las cercanías del garabato de hierros negros
que levantó Eiffel a mayor gloria propia, comienzan a proliferar
rostros magrebíes, huraños y ensimismados. Aquí
acaba un París y empieza otro, parece, y la aduana tal vez
sea esa especie de campanario laico que se yergue por encima de
los rebaños de turistas que hacen cola para escalarle las
tripas.
De repente, decido que no voy a subir ahí
y que mejor tomo el “Metro” y me largo a una calleja
de Montmatre a beber un vaso de Chablis y comer un trozo de queso
en una terraza cualquiera. En definitiva, decido regresar a París.