Al final de Ben Yehuda hay una plaza donde
por las mañanas montan un mercadillo entre hippie y chamarilero.
En un lado de la plaza está ese estupendo restaurante argentino
que regenta un judío uruguayo disfrazado de gaucho pampero,
en el que las camareras no entienden una palabra de español
y la música de ambiente es brasileña; el vino es israelí,
naturalmente.
Si doblas la esquina te metes en una calle estrecha
y sombreada, salpicada de discotecas, bares musicales, y pequeños
cafés restaurantes, agradables refugios contra el calor,
la sed y toda clase de hambres.
Hoy está anocheciendo y comenzando el sabbath.
Los templos del alcohol y la música en vez de levantar completamente
la persiana como otros días, la dejan bajada hasta un palmo
del suelo; de dentro llega música a volumen muy bajo, apenas
audible desde la calle. Grupos de jóvenes judíos en
jeans y zapatillas deportivas espían la ocasión de
colarse dentro.
De repente, comienzan a afluir a la zona grupos de
irritados ortodoxos enfundados en sus abrigos de cuervo, gritando
consignas e insultos. Pronto se lían a golpes con los jóvenes
que pretendían vivir la noche según su propio criterio.
Dos fiebres del sábado noche de signo opuesto
agitan este trozo de Jerusalem. Dos maneras de entender la fiesta
semanal se embisten en esta calle, librando otra batalla de una
guerra vieja y universal. Finalmente llega la policía e impone
la paz,.....obligando a cerrar los locales.
Moisés me dejó hoy sin mi Heineken.