Son aproximadamente las dos menos cuarto de
la madrugada cuando despierto de golpe en la habitación de
mi hotel en Estambul. El silencio es absoluto pero todos mis sentidos
están alerta.
Nace de repente un ruido como de cadenas arrastrándose
por el pavimento, un trueno gigantesco que se acerca inexorable.
Mi cerebro trabaja a toda velocidad. Pienso: estoy en Turquía,
ese ruido son las orugas de tanques avanzando, luego esto es un
golpe militar. Pero pronto el supuesto ruido de cadenas se transforma
en el traqueteo ensordecedor de cien trenes aproximándose
a toda máquina a mi habitación. Es una idea absurda,
me digo: ¿cómo van abalanzarse cien trenes contra
el hotel si no hay vías de ferrocarril cerca?.
De golpe un silencio espeso, absoluto, brutal. Unos
segundos interminables, en los que aguardo expectante el siguiente
acto, que seguro no va a tardar. Llega enseguida. Las paredes de
la habitación empiezan a vibrar y bambolearse, despacio al
principio pero pronto con mayor frecuencia e intensidad; el mundo
entero se agita, sometido a un balanceo regular cada vez más
severo.
Me pongo las gafas sin levantarme de la cama. Miro
hacia la ventana y veo dos botellas de Coca Cola vacías que
alguien dejó en el alféizar de la ventana enfrentada
a la mía, en el hotel del otro lado de la calle. Con cada
sacudida las botellas se inclinan -¿30, 40 grados?- sin llegar
a caer jamás, siempre recuperando la verticalidad, siempre
manteniéndose perpendiculares al alféizar, pues con
ellas va y viene, naturalmente, el resto del edificio.
Estoy tranquilo, muy atento pero nada tenso. Pienso
que si esto dura unos segundos más, mi hotel se derrumbará.
La verdad, no siento miedo ni deseo de moverme de la cama ¿para
qué? ¿adónde ir cuando es el mundo entero el
que está a punto de desplomarse sobre sí mismo?.
Poco a poco las sacudidas van perdiendo intensidad,
como un viejo tren que frenara lentamente. Por fin todo queda quieto
y en silencio. Miro el reloj. Han transcurrido 45 segundos.
Abajo en la calle se aglomera la gente salida de
los hoteles. Una chica se ha puesto su vestido de novia. El personal
del hotel continua sus tareas, imperturbables. Todo el mundo habla
en voz baja.
Las dos botellas de Coca Cola siguen en el
alféizar, de pie. El hotel también.