Se sube a la Acrópolis en un bonito paseo
nada exigente, siguiendo amenos senderos a través de cuidados
jardincillos. Por todas partes aflora el producto de excavaciones
arqueológicas: tesoros en piedra agrupados junto al camino,
como si alguien después de robar el Museo Arqueológico
hubiera ido desparramando su botín por toda la colina.
La recua humana que trepa la loma comienza a densificarse
junto al teatro de Herodes Ático. A través de los
estilizados arcos de lo que queda de este edificio se divisa casi
toda la trama urbana de Atenas, y también un pedazo de mar
intensamente azul. Enfrente, observándonos desde su altura
impertinente, emerge Likavitos como una joroba verde.
Aquí, a la sombra, grupos de japoneses sonríen
y dan cabezazos mientras se hacen fotos, y jóvenes norteamericanas
sobrealimentadas descansan sus orondos traseros sobre pedruscos
que son pura Historia; estas piedras ya eran viejas ruinas cuando
rufianes y putas londinenses fueron embarcados a la fuerza y enviados
a colonizar Nueva Inglaterra. Seguimos para arriba.
Pasados los Propileos, puerta de acceso a la Acrópolis,
la cima de la colina se revela calva y casi desnuda. Aparte las
ruinas del Partenón y del Erecteion, nada más sobresale
en la explanada de tierra apisonada. Pura desolación. A los
costados del Partenón les han crecido unas costillas tubulares
de hierro, colocadas quizá para que el templo no se acabe
de desmigar del todo. Enfrente, el pórtico de las Cariátides
del Erecteion sonríe como una boca desdentada, mostrando
los huecos que la rapiña arqueológica británica
ocasionó en la fila de mujeres de piedra.
No siento nada. En realidad, pienso que nadie puede
sentir nada aquí arriba. Estas columnas y pedruscos no son
la Acrópolis, sino apenas unos cascotes sobre un montículo
terroso. Hace casi dos milenios que la esencia de la civilización
helénica ya no está aquí. Voló.
En la antaño colina sagrada ateniense el único
sentimiento posible es el de la melancolía. Sentida su punzada
y sacadas las fotos de rigor, sólo nos queda trotar cuesta
abajo hacia las tabernas y tiendas de souvenirs de Platka. Adiós,
Acrópolis.