En 1900, el viaje por carretera entre Barcelona y
París duraba una semana; el ferrocarril cubría esa
distancia en apenas veinte horas.
El tren representó por tanto un progreso enorme
en las comunicaciones al facilitar con prontitud y fiabilidad toda
clase de intercambios, ya fueran comerciales, de negocios, personales,
ideológicos, culturales o de cualquier otra especie.
La aparición del tren no sólo revolucionó
el transporte terrestre, sino que aportó al imaginario colectivo
un elemento de gran poder simbólico y capacidad de evocación,
El ferrocarril empequeñeció el mundo
y democratizó su conocimiento. El viaje a países lejanos
y exóticos, la aventura por excelencia, ya no era patrimonio
sólo de los magnates y de los chalados; gracias al tren,
cualquiera podía acceder a la aventura a unos costes razonables
y adaptados a las posibilidades de las distintas clases sociales.
Las metáforas que ha generado el ferrocarril
son inagotables. Muchas tienen relación con la propia existencia
humana, concebida como un viaje con sus estaciones y paradas, personas
que se apean o suben a los vagones etc; un viaje que finaliza en
un destino, obviamente. La identificación entre tren y progreso
es otra de las más usadas desde hace siglo y medio, y en
ella juega papel importante la potencia de la máquina o la
capacidad del “camino de hierro” para llevar la civilización
a los lugares más recónditos.
En el siglo XXI, el tercero ya de su existencia,
y en contra de lo que presumían algunos agoreros, los trenes
siguen siendo un medio de transporte barato, eficiente y popular.
También, el más evocador y posiblemente el más
literario.