Edward Hopper
(1882-1967) es tal vez el mejor representante de la pintura realista
norteamericana. Conectada de alguna manera con el realismo social,
la pintura de Hopper evolucionó buscando sus referencias
en los clásicos españoles y en los impresionistas
franceses, lejos por tanto de las aventuras del cubismo y de los
otros movimientos vanguardistas que cruzan el siglo XX.
Lo mejor de la actividad de Hopper
se desarrolla entre los años de la Gran Depresión
y la postguerra, documentando con precisión formal y hondura
psicológica la vida cotidiana del norteamericano medio en
esos años decisivos para los Estados Unidos.
La atención por el detalle
y por la dimensión íntima de las personas y las cosas
modelaron en Hopper una pintura de fuerte personalidad, que se mueve
en un ancho territorio entre el hiperrealismo y el impresionismo;
una propuesta visual muy identificable, depurada y minimalista,
sugerentemente vinculada con el cine de su tiempo.
Los cuadros de Edward Hopper muestran
escenarios diversos, aunque siempre ocupados por personas de aspecto
solitario y ensimismado. En todas las composiciones hay un aliento
melancólico y misterioso, a pesar de que de ordinario reflejan
escenas aparentemente banales.
Sus personajes no son héroes
ni víctimas de grandes tragedias, sino sólo seres
corrientes abrumados por el peso de existencias marcadas por la
soledad y el aburrimiento, gentes que desenvuelven vidas anónimas
en ambientes marcadamente urbanos y muy norteamericanos.
En suma, lo que Hopper captó
con sus penetrantes pinceles fue la realidad social oculta bajo
los oropeles del «sueño americano» : una cotidianeidad
gris y con poco margen para la esperanza.
El ámbito por excelencia de
la pintura de Edward Hopper, el telón de fondo presente en
la mayoría de las escenas que nos propone, es la ciudad.
Pequeñas ciudades de aire provinciano, no lejos del mundo
rural en el que se constituyó la identidad norteamericana
no muchos años antes de que él naciera.