Perdida la Santa María en
un naufragio, se levantó con sus restos el fuerte de la Navidad
en la isla de Santo Domingo. Después de dejar una guarnición
en él, Colón regresó a Europa. Una tormenta
en las Azores separó a la Pinta y la Niña, que ya
no volvieron a reunirse. Martín Alonso Pinzón se adelantó
al Almirante y con la Pinta llegó a Galicia en tanto Colón
con la Niña llegaba a Lisboa días después.
Pinzón, que había sido la mano derecha de Colón,
intentó ver a los Reyes Católicos antes que Colón;
murió en el camino, probablemente asesinado. Colón,
después de hablar con el rey portugués, fue hacia
Palos de Moguer, el puerto del que había partido meses antes.
En Palos, Colón escribió
una famosísima carta a Luis de Santángel fechada el
15 de febrero de 1493, carta que se conserva, y que es un verdadero
alarde de cinismo y ganas de quedar bien. En la carta Colón
le cuenta a Santángel que ha descubierto unas islas muy bonitas,
con buenos puertos, minas de oro, campos ricos, y animales y plantas
de toda clase, y que están habitadas por buena gente; todo
en la carta es exagerado y suena a falso y grandilocuente comparado
con la modesta realidad de lo que Colón realmente había
visto en ese su primer viaje oficial. Es decir, en esa carta Colón
intenta “venderle” a Santángel que aunque no
ha conseguido llegar adonde se proponía, al menos ha encontrado
un sitio que reúne características suficientes que
permiten seguir adelante con el proyecto.
La carta de contestación de
Santángel debió ser destruida inmediatamente por Colón.
No cuesta demasiado imaginar los insultos y amenazas del financiero
a Colón; a alguien tan sagaz e inteligente como Santángel
no debió costarle mucho darse cuenta de que el marino intentaba
disimular su fracaso con el “premio de consolación”
que eran las islas descubiertas.
De Palos, Colón fue
hasta Barcelona, donde estaban los reyes y tuvo lugar el recibimiento
oficial. Se montó un gran espectáculo en el antiguo
palacio de los condes-reyes de la ciudad, y en el Saló del
Tinell, el salón del trono, Colón y su cortejo de
indígenas y papagayos –esos eran todos los tesoros
acopiados en el viaje-, saludaron a los Reyes Católicos y
a la Corte. Se le confirmaron los privilegios de las Capitulaciones
de Santa Fe, y el marino empezó a preparar el segundo viaje,
aunque el ambiente político castellano arreciaba en contra
suya; visto lo ocurrido, además, no es arriesgado suponer
que las relaciones entre Colón y sus antiguos aliados habrían
quedado bastante deterioradas, No sabemos más de sus relaciones
con Santángel; quizá no se interrumpieron por completo,
pero desde luego ya no debieron ser las de antes del primer viaje.
La posición de Colón era muy delicada y solo el patrocinio
real le protegía de sus enemigos, que eran muchos y poderosos.